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Entre polos

"No nos engañemos, siempre hemos sido muy amantes de poseer lo libre, de enjaular la pregunta, de construir en lo salvaje"

El Estrecho de Gibraltar

La Alfaida

Layla Jreis
Layla Jreis

Andamos entre polos. Este mundo que da para tanta interpretación algunos se han empeñado en someterlo al imperio de la razón. Otros abogan por una versión espiritual y entre medio un sinfín de matices que buscan el equilibrio. Dos mundos entre polos y una multitud de matices bajo dos banderas de colores planos.

Desde que el mundo es mundo para los simios pensantes, había una conexión extrasensorial con el universo, entendido claro está este universo, como uno de los posibles, el que era posible en aquel entonces. Después quisimos darle forma a esa conexión, una forma tangible, inteligible, transmisible. Todos querían tener la mejor comprensión de ese pequeño mundo. Tener la posesión de la interpretación nos hace más poderosos, decían, con más derecho que otros simio a ser superiores, decían.

Y abandonando poco a poco aquel nexo espiritual nos adentramos en la senda racional. Pero cualquier escarceo en esos territorios hacía más patente la brecha entre lo inteligible y lo ininteligible, pues en nuestro eterno miedo a lo desconocido quisimos dominar lo ininteligible con la propiedad de la respuesta. No nos engañemos, siempre hemos sido muy amantes de poseer lo libre, de enjaular la pregunta, de construir en lo salvaje.

Y así, donde solo había tierra continua se comenzaron a marcar los polos. Unos polos cada vez más aglutinantes, cada vez más opuestos, cada vez más acabados. Unos polos que llegaron a superar a la propia realidad, estableciendo irrealidades impuestas sobre seres que solo anhelan ser lo que son.

La pugna más triste de nuestros tiempos, y de muchos otros pasados y por venir, nace de la paradoja de querer existir individualmente en un mundo donde se impone el conflicto de los colectivos homogéneos. Cuando en realidad no se trata de razón versus espíritu sino de comprender que no somos más que una mezcla de ambos, y que nuestra efímera e insignificante existencia no consiste en encontrar la respuesta sino el equilibro. Que perdamos el pánico a lo incomprensible, que dejemos fluir nuestros perceptores de lo ininteligible, que podamos flotar en la posibilidad.

Esa eterna repulsión entre un mundo dominado por el pensamiento racional y otro por el espiritual tiene un germen en el desequilibrio individual de cada uno de nosotros. Si perdiésemos el miedo a confiar en nuestras propias respuestas se establecería irremediablemente el diálogo, pues necesitaríamos escuchar, preguntar y preguntarnos por todas las vías descubiertas y por la infinidad de posibilidades que cabría reformular.

En ese mar de negra tinta que separa los polos, en ese mar de naufragio donde tantos han sucumbido a lo largo de nuestra historia y siguen al vaivén de sus olas sin remedio de solución, se puede vislumbrar la otra costa los días en los que no hay temporal, aquellos sin niebla. Y esa misma agua que agita el Estrecho entremezclando aguas saladas, no separa más que una degradación discontinua que une la fe sin razón a la fe por la razón en un posible equilibrio. 

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