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Días extraños que ruedan

"Saludo a los demás compañeros, hacemos la charla técnica, repasamos la estrategia, en nuestro caso lo más importante no es que nos hagan un gol, sino evitar que nosotros mismos metamos un autogol, pues casos se han visto"

Empieza una nueva jornada, me despierto y le doy un beso de buenos días a mi esposa Patricia, quien también es mi directora técnica. De la cama salto a las duchas, preparo mi uniforme con la corbata adecuada, el distintivo de mi equipo. Soy jugador multifuncional, generalmente defiendo, volante de contención, en ocasiones ataco e incluso me pongo los guantes bajo el resguardo del arco. Aunque sueño con ser mediocampista de creación y producir jugadas con un toque de genialidad en cada partido.

Mi entrenadora me da los consejos y el cariño necesario para afrontar la nueva jornada. Llego a la oficina, dispuesto a iniciar el partido, previamente he realizado un calentamiento cuidadoso, caminando desde el apartamento, haciendo uno que otro pique cuando el semáforo para transeúntes está a punto de cambiar, pero llego sin problemas, sin que me ocasionen ninguna falta en la calle, que pudiera dejarme lesionado o aun peor, fuera del partido.

Saludo a los demás compañeros, hacemos la charla técnica, repasamos la estrategia, en nuestro caso lo más importante no es que nos hagan un gol, sino evitar que nosotros mismos metamos un autogol, pues casos se han visto. Nuestro equipo marcha invicto hasta el momento, somos fieles a nuestro estilo de juego, hay compromiso e identidad, llevamos tiempo trabajando juntos, así que algunas jugadas las hacemos de memoria.

Los jugadores contrarios llegan poco a poco, el reloj marca el inicio del partido. Son noventa minutos tan largos e intensos que parecen ocho horas. El balón viene y va, pero este es un juego especial, porque no se trata de vencer al otro equipo, sino de apoyarlo, de jugar como los niños, por la diversión, con sentido de amistad y solidaridad. Es triste que a los chicos los convenzan que la condición para sentirse bien, es ganar a toda costa. En nuestro partido, jugamos a quedar empatados, para que todos estemos plácidos y con la conciencia tranquila de haber jugado de manera honesta. El juego limpio es nuestra principal meta.

El árbitro invisible observa todo, sé que está pendiente de cada jugada, intento hasta el momento no merecer ninguna tarjeta, aunque he recibido varias amonestaciones en la vida. Algún día seguramente me sacarán tarjeta roja y alguien me dirá, “final, final, no va más”. Aunque quisiera jugar extra tiempo, actualmente estoy en el minuto cincuenta, aunque prefiero pensar que apenas son los cinco minutos del segundo tiempo.

Ahora bien, no tengo muy claro porque me expreso como si fuera jugador de fútbol. Son días extraños que van rodando, como si el universo estuviera pendiente de un balón. Una sensación que se produce cada cuatro años, como si se viviera un campeonato mundial. Lo dicho, algo muy raro.

¡Gooooooooool!

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Dixon Moya es diplomático colombiano de carrera, escritor por vocación, lleva un blog en el periódico colombiano El Espectador con sus apellidos literarios, en el cual escribe de todo un poco: http://blogs.elespectador.com/lineas-de-arena/  En Twitter a ratos trina como @dixonmedellin

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