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Recuerdos de Telenovela

"La obra que verdaderamente me encantó fue 'Hasta que la plata nos separe' (2006), de Fernando Gaitán, aquí llegó mi grado de adicción telenovelera a su mayor nivel"

Ahora realizo un ejercicio de nostalgia, me llegan recuerdos de telenovela. El melodrama televisivo, especialmente el que se producía en América Latina para los críticos, especialistas e intelectuales era un producto menor, incluso se le dio el nombre de “culebrón”, que revelaba la extensión kilométrica de los argumentos. Historias simples que se resumían en amores imposibles entre representantes de clases sociales diferentes, cuando no parientes que al final descubrían que no lo eran y tenían un final feliz para sus protagonistas.

En cierto momento, Colombia surgió en el panorama televisivo mundial, con telenovelas que resultaban diferentes con una diversidad temática y una novedosa producción tecnológica y fotográfica. Desde la versión de obras literarias, especialmente de autores latinoamericanos, dramatizaciones de hechos históricos, pasando por la crítica social, hasta las que se convertían en comedias con el disfraz del melodrama. De igual forma, la innovación en el formato de la duración, series o miniseries, e incluso capítulos únicos, como un programa legendario que se emitía los domingos en la noche, Cuento del Domingo.

Fernando Gaitán.Sin duda, las telenovelas que tuvieron mayor éxito, dentro y fuera de Colombia, fueron aquellas con un fundamento de buen humor y aplicaban en su producción técnicas de cine, grabándose en exteriores, en una época en que los países tradicionales en producción de telenovelas las hacían todavía en estudios. Historias frescas, como “Yo soy Betty, la fea” (1999), un fenómeno mundial, considerada por el Guinnes Records como la telenovela más exitosa de la historia, al ser transmitida en 180 países, con múltiples versiones. Betty fue creación de Fernando Gaitán, libretista y productor colombiano, uno de los responsables de aquella revolución televisiva.

Hubo un tiempo en que fui telenovelero, lo confieso sin sonrojo, pero no me refiero cuando en la casa de la infancia, dentro del limitado menú que nos ofrecía el televisor, era casi obligatorio ver telenovelas venezolanas, o cuando en la juventud me enamoré de Lucero, la cantante y actriz mexicana, por cuenta de una telenovela. Pues en aquella época, cuando tenía el sentido crítico más afinado, la verdad no me gustaban esas producciones, consideraba que aparte de la simpleza de los libretos, se lloraba en exceso o se gritaba demasiado.

El gusto entró cuando el televisor comenzó a ofrecer historias más creíbles con una cuidadosa producción, en donde la música tenía una importancia como soporte. De igual forma, aquellas obras nos ayudaron a conocer la geografía nacional, pues fue fundamental que las cámaras salieran de los estudios de Bogotá, para entrar en calles de otras ciudades o pueblos colombianos. Lo que se entiende, porque la televisión fue el refugio de directores y realizadores de cine, que vieron en la pantalla chica, la mejor manera de expresarse. Fue el caso del desaparecido Pepe Sánchez, maestro a quien no se le ha dado todo el reconocimiento que merece.

Pepe Sánchez.Pero no fui solitario en esta afición, hago parte de la generación colombiana que se paralizaba para ver los capítulos de “Café con aroma de mujer” (1994), alrededor del televisor, se congregaban más personas que para un partido de fútbol de la selección nacional, todo para ver las desventuras de la Gaviota, interpretada por una natural y desenfadada Margarita Rosa de Francisco. Era la historia del ascenso de una chapolera, como se le conoce a las recolectoras de café en época de cosecha en Colombia y su carrera al interior de lo que todos reconocíamos como la Federación Nacional de Cafeteros, emblema nacional, aunque en la ficción recibía otro nombre. “Café…” escrita por Gaitán y dirigida por Sánchez, fue un fenómeno masivo y posiblemente el primer éxito internacional que tuvo la telenovela colombiana.

Durante la época feliz en que vivimos en Nicaragua con mi esposa Patricia, vimos varias telenovelas colombianas cuando todavía las productoras nacionales hacían obras simpáticas e inteligentes. Rememoro con alegría “Los Reyes” (2005), fábula moderna de una familia humilde pero afortunada que trata de sobrevivir en un barrio de clase alta, cada capítulo garantizaba carcajadas y pasará a la historia por mostrar en pantalla el primer personaje transgénero, en nuestra pantalla chica. “El Inútil” (2001) en la cual un personaje que inicialmente era secundario, progresivamente le quita el protagonismo al galán inicial, gracias al inmenso Víctor Mallarino. Así como la vanguardista “Pecados capitales” (2002), una burla a los reality shows.

Aunque la obra que verdaderamente me encantó fue “Hasta que la plata nos separe” (2006), otra de Fernando Gaitán, aquí llegó mi grado de adicción telenovelera a su mayor nivel, lo cual amerita un segundo capítulo. Como en cualquier melodrama que se respete, esta historia continuará…

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Dixon Moya es diplomático colombiano de carrera, escritor por vocación, lleva un blog en el periódico colombiano El Espectador con sus apellidos literarios, en el cual escribe de todo un poco: http://blogs.elespectador.com/lineas-de-arena/  En Twitter a ratos trina como @dixonmedellin

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La telenovela y el fútbol son los dos espacios de catarsis más relevantes de los Medios de comunicación en el mundo.Además de negocio llevan implícitas herramientas para transformar las sociedades.

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