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El Yeyo

"El mundo literalmente me dio vueltas, o le di al mundo 80 vueltas en un día (que me perdone Julio Verne), sentí las pulsaciones del corazón como jamás y consideré seriamente el tema de la muerte"

Decíamos en la columna anterior que los colombianos solemos ponerle nombres divertidos a cosas desagradables, quizás para suavizar su verdadero sentido. Por eso a un malestar pasajero como un mareo, desmayo o desvanecimiento le denominamos “yeyo”, “soponcio”, “vahído”, “patatús”, todas estas expresiones que solo pueden significar una “maluquera”.

Espero que esa serie de colombianismos deje claro el tema para los amables lectores que no sean compatriotas y entiendan lo que quiero expresar al hablar del “yeyo” que tuve hace algún tiempo. En efecto, me desplazaba a un compromiso laboral e iba en un taxi, pero al llegar al sitio, cuando procedía a salir del vehículo tuve un mareo, de una magnitud jamás experimentada. El mundo literalmente me dio vueltas, o le di al mundo 80 vueltas en un día (que me perdone Julio Verne), sentí las pulsaciones del corazón como jamás y consideré seriamente el tema de la muerte.

Fue un momento, pero suficiente para imaginar muchas cosas, esperar ver el famoso túnel con su luz al otro lado, pensar en todas las cosas que he iniciado en la vida y no he terminado de hacer, así como la ligera satisfacción de haber finalizado algunas. Imaginé cosas terribles, dolorosas, en la soledad y en la separación definitiva. Afortunadamente el asunto no trascendió, pasados unos minutos me recuperé, me tomaron los exámenes de rigor, se descartó cualquier episodio cardíaco o de índole severa.

Había estado afectado por una fuerte gripe que pudo haber tenido incidencia, aparte del estrés normal de mi trabajo, cierta ansiedad por el proceso de adaptación del nuevo destino diplomático, una serie de factores que pudieron haber contribuido al “soponcio”. Los niveles de colesterol durante los últimos años los he tenido altos, en ese rango que significa un riesgo moderado, el cual puede controlarse con dieta y ejercicio, antes de llegar a tomar medidas más drásticas como medicamentos vitalicios.

Aparte del susto, el episodio me resulto muy útil, como ligero anticipo de lo que llegará de manera ineludible en incierto día del futuro, pues me ayudó a tomar mayor conciencia sobre la importancia de la vida, el cuidado sobre la salud, la revisión de hábitos alimenticios y la necesidad de realizar actividad física, cuando uno es un sedentario, tanto profesional como por convicción.

Pero quizás lo más importante de un episodio de esta naturaleza, es valorar lo realmente importante en la vida, la familia, los amigos, los pequeños detalles de la existencia, disfrutar el camino y no tanto el punto de llegada. No olvidar decirle a los seres queridos que los amamos y lo significativo que son para nosotros. Por eso, sea el momento para decirles a los amigos que lean esta columna, que los quiero y agradezco a Dios y a la vida, por haberlos conocido. A los lectores, gracias por dedicar su tiempo a estas letras.

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Dixon Moya es diplomático colombiano de carrera, escritor por vocación, lleva un blog en el periódico colombiano El Espectador con sus apellidos literarios, en el cual escribe de todo un poco: http://blogs.elespectador.com/lineas-de-arena/  En Twitter a ratos trina como @dixonmedellin

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Gracias Dixon por compartir su experiencia y por su bello mensaje de vida.

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