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El cementerio marino

"Ante esta catástrofe demográfica, Occidente está fracasando más allá de sus puestas en escena, sin percatarse apenas de la gravedad de un envite que, de no resolverse mal que bien, terminará estallando en un conflicto generalizado"

El papa Francisco junto a unos inmigrantes a su regreso de la isla de Lesbos.

Crónicas europeas

José A. Gómez Marín

Ha coincidido con la emotiva visita del papa Francisco a la isla de Lesbos –¡ay, del paraíso de Safo!— con una nueva y oscura noticia, que prefiero no detallar, referida al naufragio y ahogamiento de varios centenares de inmigrantes. El viaje del Papa ha tenido la natural trascendencia y ha culminado en la anécdota del ofrecimiento de la hospitalidad vaticana para varias familias que han viajado a Roma en el mismo avión del pontífice como un gesto simbólico pero realista de una misericordia que no se limita a las palabras de los discursos. Seguro que la impresionante vista aérea del Mare Nostrum no ha permitido ver ni al pontífice ni a sus acogidos la tremenda realidad que suponen los miles de inmigrantes conducidos por las mafias y ahogados en los tres últimos años --uno de cada tres de los cuales era un niño--, probablemente la mayor tragedia exhibida por nuestro civilizado continente en el trecho ya largo que nos separa de la Segunda Guerra Mundial.

La actitud de Francisco, secundada por los líderes ortodoxos que lo han acompañado fraternalmente en ese viaje, contrasta de modo violento con los quiebros y requiebros de la diplomacia europea, encogida ante el volumen de la marea migratoria forzada sobre todo por la infame guerra de Siria. Se oyen en Europa, en efecto, voces discrepantes con las posturas acogedoras y no sólo, hay que decirlo, provenientes de la extrema derecha francesa o del neonazismo alemán, entre otros, sino también escuchadas en boca de acreditados dirigentes demócratas que se oponen con rotundidad a la política de la canciller Merkel e incluso a los acuerdos –teórico hasta la fecha, también hay que repetirlo—de la propia Unión Europea, incapaz de encajar una solución siquiera provisional en el rígido marco de sus actuales perspectivas laborales.

Ante esta catástrofe demográfica, Occidente está fracasando más allá de sus puestas en escena, sin percatarse apenas de la gravedad de un envite que, de no resolverse mal que bien, terminará estallando en un conflicto generalizado. Porque esa avalancha de migrantes heroicos y estafados por las mafias no procede sólo de Siria, sino de situaciones tan desmadradas como la actual de Sudán, el conflicto interno de la Libia posterior a Gadafi o la difícil hora que se vive en Egipto tras la llamada “primavera árabe”. Una fotografía ha escandalizado por estos pagos recientemente: la de un auténtico monte de chalecos salvavidas que seguro que incluyen las que no pudieron salvar. Claro que los EEUU tienen mucho que decir ante esta amenaza y que el clásico egoísmo británico o los mencionados extremismos dificultan la imprescindible solución. Hay ocasiones en que los problemas sin nombre ni rostro definidos constituyen un delirante desafío a la convivencia global. Esta es una de ellas, sin duda posible, y una de esas que nos dejan en el espectro europeo la marca indeleble de la insolidaridad.

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