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Derrota en Burdeos

"Mi nieto se negó a hablar conmigo y se fue llorando a la cama, la criatura, y mi galeno, el doctor López Guilarte, me aconsejó que refuerce mi distanciamiento brechtiano y blinde mi indiferencia"

Crónicas europeas

José A. Gómez Marín

España era un velatorio en la noche del martes tras el desastre de la Selección de fútbol frente a Croacia. No sólo en las gradas de Burdeos –la patria chica (la 'matria' si quieren) de Montesquieu y de Étienne de la Boétie– nos llegaban las imágenes plorantes –rostros ensimismados, miradas perdidas, sentidas lágrimas– sino que nuestras propias calles enmudecieron entristecidas. Mi nieto se negó a hablar conmigo y se fue llorando a la cama, la criatura, y mi galeno, el doctor López Guilarte, me aconsejó que refuerce mi distanciamiento brechtiano y blinde mi indiferencia. Los pueblos necesitan, sin embargo, estas pasiones que despierta el espectáculo, como bien sabían los evergetistas benefactores ya en la Grecia clásica. Paul Veyne, maestro irrebatible sobre este tema, en su libro 'Le pain et le cirque', ve en esto una estrategia de dominio y cuenta que tanto los propios césares como los senadores de fuste –Veyne habla del “point d’ honneur des oligarques”– mandaban repartir trigo y abrir el Coliseo en cuanto asomaba la punta el conflicto. Con pan y circo le gente no bulle, sino que se crece hasta apasionarse confundiendo la felicidad propia con el éxito ajeno. Pero el mismo autor se pregunta intrigado si el espectáculo enajenante es una fiesta o una religión, planteando la cuestión de si la seducción política de la plebe por esos “regalos simbólicos” serían, en definitiva una forma de corrupción. En cuanto a lo de la religión, no me imagino en un templo tanta desolación.

A nosotros, tengo pocas dudas de que ese resbalón, y nada digo de una eventual derrota, va a acarrearnos acaso hondas perturbaciones políticas, quién sabe si incluso reflejadas en las elecciones próximas, porque no es lo mismo un voto optimista y dianisíaco que un voto deprimido y apolíneo, aunque tampoco tiene por qué llegar la sangre al río. Un sociólogo galo, Patrik Mignon, sostuvo que la popularidad del fútbol consiste en que “plantea el conflicto y la competición como formas normales de la vida social” y dice que los resultados son “la medida en que una colectividad contempla su destino”, posible razón para que Gregorio Morán titulara un libro suyo 'El fútbol, esa gran estafa'. Nos tenían engañados con eso de que la futbolmanía era un recurso franquista. Qué va. El fútbol es, en realidad, el contrapeso instintivo de la desacralización del mundo. Se lo dice a ustedes, en confianza, un viejo aficionado.

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Esta columna se ha publicado en la edición impresa de El Mundo Andalucía en la sección que José Antonio Gómez Marín tiene con el nombre de la Cruz del Sur. www.jagm.net

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