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Paisaje europeo

"El populismo es una enfermedad altamente contagiosa mientras no reine la bonanza"

Crónicas europeas

José A. Gómez Marín

Por más que uno ande convencido de que el “populismo” que nos invade es fruta perecedera -miren hacia Hispanoamérica para ver cómo se desvencija el montaje- lo cierto es que sigue constituyendo en estos momentos una grave amenaza contra el sistema de libertades. En Austria se han salvado por los pelos de caer en manos de los neonazis, vencidos por los “verdes” en última instancia, aunque por los pelos, en Francia se tientan la ropa ante un extremismo lepenista, auténtico vertedero de los derrotados de la crisis, y en España nos disponemos a votar por segunda vez con los ojos cerrados en busca de una solución que se me antoja lejana y difícil.

¿La causa? Pues no es cosa de atenerse a una sola, dado que temo que la constituyan elementos muy diferentes pero unidos por un mismo dolor (o rencor), a los que el escándalo de la corrupción generalizada pone en bandeja la adhesión electoral. Es cierto que ninguno de esos “salvadores” o “renovadores” cuya alianza explícita o tácita persigue el desplome del bipartidismo tradicional -como si EEUU, Francia o Alemania, entre otras potencias, no se rigieran por un sistema bipartidista- para sustituirlo por un extravagante puzzle de “marginales” por completo incompatibles con la inevitable estrategia europea. Hay quien reclama a la sociedad que entregue sus hijos a la tribu para educarlos (sic), una legión de Ayuntamientos no tiene aprobados siquiera, un año después, los imprescindibles Presupuestos, la Justicia abarca cada día más pero cada día marcha más lenta –no hay pleito, grande o trivial, que no dure años—la corrupción afecta a todos sin excepción, incluido el pueblo soberano que sigue el ejemplo de sus dirigentes. ¿Se puede vivir así?

¡Claro que se puede!; lo que no se dice es cómo, de qué manera gobernar desde la improvisación –ningún partido, ni “tradicional” ni “emergente” anuncia una sola idea viable--, cómo reducir un déficit que iguala ya al PIB, una disciplina social destrozada por la pulsión antiautoridad (no antiautoritaria, que eso es diferente), un sistema de seguridad social amenazada no sólo por el desfase entre ingresos y gastos sino por una tasa de natalidad minimizada y, en fin, por un desencanto casi universal que ha convertido la política en negocio de unos cuantos y fantasma para la mayoría. Dicen las encuestas que es posible todavía una cierta recuperación del partido en el Gobierno, a pesar de los pesares, mientras un PSOE paranoico cifra su obsesión en destruir a la Derecha y los radicales componen una banda cuyo extremismo pudiera ser la causa de la recuperación de los conservadores. Europa no va bien, Francia tiembla sin saber a dónde acudir a sofocar el fuego terrorista, Italia va, como siempre, por libre, Grecia está a los pies de los caballos y Alemania es el tuerto entre los ciegos, mientras Gran Bretaña se autodesgarra a cuatro manos entre el secesionismo y el Brexit.

¿Saldremos de ésta? Tengo pocas dudas de ello –recuerden el desastre del 29 y la postguerra—pero con las cunetas llenas de víctimas. El populismo es una enfermedad altamente contagiosa mientras no reine la bonanza. Lo malo es que, cuando ésta llegue -que llegará, repito-no sé qué quedará del proyecto continental. Y si Europa no se libra de un mal fin, la víctima no será ella sola. Nuestra crisis actual nos afecta lo mismo en Sevilla que en Dubai.

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