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Generación Millennials

"Países con mercados emergentes como Emiratos Árabes Unidos y China, punteros en diferentes sectores como las infraestructuras, las telecomunicaciones o las finanzas, están acogiendo a muchos de los que serán los futuros líderes de sectores económicos vitales a escala global"

En los últimos años estamos presenciando un elevado volumen de migraciones especialmente entre los jóvenes. Por poner un ejemplo, en el año 2016 en España el número de españoles que salieron fuera de sus fronteras aumentó en un 56,6% respecto al año 2009, momento en el que la crisis comenzó a hacer estragos. Un porcentaje que siguiendo las cifras marcadas por el INE (Instituto Nacional de Estadística) se traduce en 2.305.030 españoles viviendo en el extranjero el año pasado. Claramente la falta de un futuro laboral en España y la búsqueda de una salida a sus proyectos son los factores principales que empujan a los jóvenes a la ardua pero valerosa aventura de la emigración.

Frente a los destinos tradicionales tanto europeos como el Reino Unido o Alemania, y americanos entre los que destacan Estados Unidos y Argentina, se imponen como principales receptores de hombres y mujeres millennials (nacidos entre 1980 y 2004) países con mercados emergentes como Emiratos Árabes Unidos y China, punteros en diferentes sectores como las infraestructuras, las telecomunicaciones o las finanzas. Estas nuevas empresas, muy competitivas en los mercados internacionales, están acogiendo a muchos de los que serán los futuros líderes de sectores económicos vitales a escala global.

A este respecto, en numerosas ocasiones se trata la cuestión de la pérdida de capital humano que supone para España la salida de estos jóvenes con un elevado grado de formación al extranjero, ya que con ellos van de la mano sus ideas novedosas y su portentoso talento. Pero dejando a un lado lo más puramente estadístico y virando hacia lo personal, ¿qué siente un emigrante al llegar a su destino? Una cuestión que plantea una resolución cuanto menos ambivalente.

En primer lugar destacaría el choque cultural que se produce cuando una persona llega a un país en el que las costumbres, las normas sociales e incluso el idioma son distintos. Se necesita un periodo, y no corto, de adaptación, de asimilación de los cánones que rigen la sociedad que te acoge. Si nos centramos en los países del Golfo se puede decir que este encuentro entre dos cosmovisiones, una occidental y otra oriental de base musulmana será en ocasiones complicado porque influyen desde los aspectos más nimios como una simple presentación personal hasta los pasos a seguir para cerrar un contrato de negocios.

Además, se corre el riesgo de "no sentirse nunca como en casa", de alojar en nuestro interior una sensación de expatriados. Una posibilidad que puede chocar con las expectativas que se "llevaban en la mochila del viaje". Es en ese momento cuando el estrés puede invadir a la persona ante el miedo a lo desconocido y la sensación de no saber a dónde dirigirse en busca de refugio en el nuevo país.

A pesar de estos aspectos negativos que acarrea el ser un emigrante, tras ordenar los sentimientos personales y eliminar los dañinos, si medimos en una balanza las pérdidas y las ganancias, en muchos casos los aspectos positivos de emprender una vida fuera del hogar natural son los que más pesan. Tras el normal periodo de adaptación al nuevo contexto, el enriquecimiento personal tras una experiencia en el extranjero es enorme: el trato con personas de diferentes culturas, la asimilación de otras visiones del mundo, el aumento de conocimientos a nivel lingüístico...

Sin olvidar el hecho de que nos arriesgamos a la aventura del emigrante con el objetivo de alcanzar una oportunidad profesional que nos permita aplicar todos nuestros conocimientos acumulados y que lleve consigo el reconocimiento por terceros de nuestra valía y nuestro empeño. En definitiva, nos encontramos una puerta abierta, que dentro de nuestros países de origen es imposible, y que hay que exprimir al máximo.

Finalmente, pero no por ello menos importante, vivir en el extranjero permite a la persona valorar lo que tiene, lo que desea, y quién es él mismo. Tres cuestiones cuyas respuestas allanarán el camino para alcanzar el mayor de los objetivos: la felicidad personal.

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