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Los deberes es lo de menos

"Las ciencias nunca han sido lo mío. Lo sospechaba de siempre y ahora lo sé"

Deberes escolares

Del espejo al diván

Marta Cámara
Marta Cámara

En mis ratos libres, después de las 10 horas de jornada laboral echando culo frente al ordenador, y de cumplir con la tareas de la casa, me saco 5º de Primaria y Segundo de la ESO.

Entiendo, mucho, esas huelgas de padres negándose a que sus niños hagan los deberes del cole. Por los niños, que me dan penita tan pequeños y con jornadas laborables de 12 horas, pero por encima de todo, por los padres que se tienen que sentar a su vera cada tarde para ayudarles, preguntarles la lección o buscar material por internet para sus trabajos.

El año pasado en casa no es que nos luciéramos con las notas finales. No debía estar yo muy fina, porque a pesar de los respectivos profesores particulares y mi tiempo de entrega a la causa -aunque fuera coloreando para que Criaturita 2 pudiera irse a la cama antes de pasar a terminología a.m.-, la cosa quedó bastante tristona.

Este año ya no van a extraescolares, ni al parque después del colegio. Porque o empezamos con las tareas a las 5 en punto de la tarde o no hay manera de cenar antes de las diez y de que vayan duchaditos al día siguiente.

Sin embargo, se me está resistiendo el powerpoint -que ahora los trabajos los entregan en pendrive-, y aunque me he apuntado a un cursillo acelerado, no creo que Criaturita 2 saque más de un 4 en el trabajo de Science.

En mi época solo pedí ayuda paterna en dos ocasiones. Algo de física que se me resistía en 8º de EGB y en matemáticas con lo de los vectores.

Las ciencias nunca han sido lo mío. Lo sospechaba de siempre y ahora lo sé. A mitad de 4º de Primaria me di cuenta de que había llegado a mi tope y subcontraté a una estudiante de arquitectura. No me quedó más remedio porque al niño le daba vergüenza que yo fuera a sus clases de oyente. Así que si me preguntaran en una entrevista por mi nivel de matemáiticas tendría contestar que 4º de EP.

De todas formas, ahora deben ir bastante acelerados, y con esto de la LOMCE y los temarios nuevos, la verdad es que mis hijos se llevan tres cursos y dan prácticamente lo mismo. Una vez que criaturita 1 se dejó en el cole el libro de Lengua de 2º de la ESO, cogimos el de su hermana para repasar y al final aprobó. 

Cuando hay algún extra –dentista, revisión médica, ir a comprar unas zapatillas para educación física o similar- casi deseo que les de un poco de febrícula por la noche –solo un poquito, claro- y no tengan que ir a clase al día siguiente. Y ya ni hablo de esas bajadas desesperadas a los chinos del barrio a las 10 de la noche de un domingo porque Criaturita 1 se acababa de acordar de que tenía que llevar al cole al día siguiente un bote de colacao vacío, una huevera, una percha de metal y papel de seda verde claro para hacer nunca entendía qué.

Cada vez ocurre menos, pero sin embargo, no hay tarde que no tenga que bajar al locutorio de la esquina a que me impriman un mapa o fotos de animales para un trabajo. No, no tengo impresora, ni quiero. Bastante oficina parece ya mi casa –que trabajo en una esquina de la mesa del comedor- como para meter ese mamotreto.

Pero lo que peor llevo es el Programa de Festejos de las dos primeras semanas de junio –que ya las quisiera mi pueblo-. Un año, me quedé sin vacaciones porque me las gasté todas en acudir cada día al colegio –a las horas más variadas e intempestivas- a ver la carrera de sacos de las Olimpiadas, el baile de fin de curso de los dos –pero cada uno una semana-, la obra de teatro general, la exhibición de yudo de uno, el baile de zumba de la otra, la muestra de lo que han aprendido en patinaje sobre ruedas... También tuve que asistir a la tómbola para becas, al partido de profesores contra alumnos, a la fiesta del AMPA y a la entrega de un reloj comprado por toda la clase a un profesor que se jubilaba.

Antes, también pedía días libres para ir a despedirles al autobús cuando se iban de excursión al Museo del Prado o similar. Un día falté y debí ser la única porque la niña no me lo perdonó en semanas bajo el llanto de “estaban todas y yo no sabía a quién decir adiós”. Pero ahí ya me planté y hable con unas cuantas madres –de confianza- para que tampoco fueran. Por lo menos ya no es la única.

Y es que el colegio es agotador. Lo bueno es que en verano se te olvida, y cuando el 15 de septiembre, después de tres meses de vacaciones, les dejas en la puerta tan contenta, ya no te acuerdas la que se te viene encima.

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