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Los hijos de una freelance

"Mis hijos conviven a diario con una señora enganchada a un Mac que remueve el puré de patatas Maggi mientras revisa el número de caracteres con espacios de un texto"

Madre freelance con hijos pequeños.

Del espejo al diván

Marta Cámara
Marta Cámara

"¿Pero no estábamos castigados sin tele?" pregunta Criaturita 2 con vocecita inocente.

"Sí, pero ya no, que me han caído dos páginas para dentro de media hora, y quiero que estéis calladitos. ¡A ver la tele, coño!" exclamo yo con voz de loca. 

Y luego dicen que es difícil conciliar la vida profesional y la familiar... lo que es para nota es conciliarla cuando trabajas en casa. Esta escena -por desgracia- forma parte de la vida cotidiana. La educación, en casa de una periodista de belleza autónoma con despacho en la cocina es algo peculiar -por no decir contradictoria a más no poder-. Pero es lo que hay, y en vacaciones siempre se les intenta enderezar. 

Pobrines. Mis niños. No es solo que tengan que convivir a diario con una señora enganchada a un Mac que remueve el puré de patatas Maggi mientras revisa el número de caracteres con espacios de un texto... Los incordios "satélite" son los peores...

Cada vez que suena el timbre -más o menos cada 14 minutos- y te siguen hasta la puerta tan contentos, pensando que es una visita inesperada, se encuentran a un mensajero –por lo general antipático o apresurado- que les obliga a buscar un boli por toda la casa para firmar el albarán.

Tampoco pueden montar en bici, patinete o similar por el pasillo -y eso que tendrían 15 metros de pista libre-. Hasta los viernes por la tarde no reúno fuerzas para archivar, guardar y esconder todos los “paquetes-bolsas-cajas tamaño televisor de los de antes”, que han ido llegando y voy apilando allí. A la hora de la cena, tienen que compartir la mesa de la cocina con mi portátil, e ir a la pila a beber agua. No vaya a ser que se les caiga el vaso encima del Mac...

Cuando desmantelé el despacho para alojar a Criaturita 2 y monté la cocina-oficina no tuve en cuenta ese detalle. Pero hidratados, que conste que están. Que luego compenso, llevando la botella de agua a todas partes y dándoles de beber aunque no pidan. 

Todavía no entienden el ambiente de pánico-papeleo-factura que se genera las tardes de los días 19 de enero, abril, julio y octubre. ¿Qué sabrán ellos del 330 o del 190?

Y han tenido que salir escopeteados más de una vez del cine o volver del parque arrastrados literalmente por la acera, porque en la revista X habían traspapelado un texto y había que volver a enviarlo, si o si, en un tiempo límite de diez minutos. 

Eso sí, luego en el cole les preguntan a qué te dedicas, y dicen que eres como un ama de casa, pero que huele perfumes y colecciona pintalabios. 

Las vacaciones escolares son lo peor. Todo el día danzando alrededor mientras tú intentas concentrarte en el trabajo y te encierras en el baño para hablar con uno de tus jefes, que se cree que tienes un despacho profesional en toda regla.

Soy, lo reconozco, una de esas madres que después de las indecentemente largas vacaciones de verano, “santa semana” o navidades, les deja en la puerta del cole con un amago de corte de mangas y un “ahí os quedáis bonitos”. Y conste que les quiero…

¿Alguna redacción que me ofrezca un contrato-secuestro de 10 horas diarias in situ por favor?

...............

 

 

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