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¿Les movilizamos o no?

"¡Horror! Aún no ha dejado la mochila de la piscina tirada en mitad del pasillo y ya ha soltado esa frase: «Mamá, a Laura le han comprado un móvil…»”

Del espejo al diván

Marta Cámara
Marta Cámara

¡Horror! Aún no ha dejado la mochila de la piscina tirada en mitad del pasillo y ya ha soltado esa frase tan temida en casa –y en otras muchas quiero pensar-: “Mamá, a Laura le han comprado un móvil…”.

Son los puntos suspensivos los que hacen que mis células maternales se estremezcan y entren en Def Con 4. Quiero montarme en un Delorean y volver a 1984; quiero que a los padres de Laura –por mucho que sea su más íntima amiga del alma- les llegue una factura astronómica de teléfono y se arruinen; quiero que Criaturita 2 vuelva a ser la niña de 4 años que jugaba a que el mando de la tele era un teléfono de verdad…

Pero tiene 11, y por lo visto, en 5º de primaria ya hay niños que llevan sus teléfonos en el bolsillo pequeño de la mochila. Opto por el comodín del “luego lo hablamos” y como madre digitalizada adaptada a los nuevos tiempo que soy aprovecho la tregua momentánea y googleo a la desesperada a la búsqueda de opiniones firmes y contrastadas que me ayuden a redactar un discurso que le calme el capricho hasta por lo menos finales de curso.

Psicólogos, orientadores familiares, gurús de la tecnología móvil, profesores, madres desesperadas por el uso que sus pre-adolescentes dan al teléfono… El dictamen es claro. Nunca antes de los 12 salvo ocasiones especiales.

Las reviso y no entramos en ninguno de los supuestos. Ni va a hacer un curso en Irlanda, ni tengo un ex marido que impida mi comunicación con ella los fines de semana. Lo de los grupos de whatssap “mamá, es que están todas…” que me comenta mientras le hago la tortilla de patata ha terminado de convencerme. Hacia el no rotundo. Tanta es la rotundidad que hasta empuño el cuchillo pelador mientras esgrimo los motivos.

Bastante tengo con los míos. No quiero que el hilo musical del salón pase a ser el pitido de aviso de entrada de un mensaje nuevo. Después de la cena me pide el móvil para dar las buenas noches a “todos” los de la clase por wathssap. Flaqueo… y se lo dejo. Ella se va a la cama, pero media hora después tengo que ponerlo en modo avión. Cada minuto entra un “ja”, un “ji”, una carita sonriente o un corazón… Y me quejaba yo de los míos…

Ella dice que si no está en el grupo no está informada y la marginan. Se lo sigo dejando un ratito después de cenar… Tres días después salgo de la tienda Orange con la niña colgada de mi brazo y dando saltos. He caído. La primera maniobra que hago, después de tunearlo “para menores” es descargarle el whatssap. Pero no es el único uso que le da. He tenido que bloquearla –¡a mi propia hija!-. Me llamaba cada dos minutos. Desde su habitación a la cocina o al salón para contarme cosas…

¡Esos límites! ¿en qué estaba pensando yo? Soy la que manda. Ahora solo lo saco del cajón dos veces por semana y hemos recuperado la normalidad acústica.

.......

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