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Ser padre está chupao

"Salvo honrosas excepciones –el mío sin ir más lejos y otros que tengo la suerte de contar entre mis mejores amigos- lo de ser padre es un chollo. Haces lo justito, estás para lo bueno, y encima, el 19 de marzo te regalan cosa"

Del espejo al diván

Marta Cámara
Marta Cámara

Columna dedicada a Juan Luis, Poti, Gonzalo y Alberto, que sí se merecen un iPhone X, o más

Yo, cuando leo en las revistas las propuestas de regalos para el día del padre trino un poco, porque vamos a ver… ¿se merecen todos ellos un iPhone X o un perfume de 160 euros?

En el hospital, se limitan a apretar la mano de la parturienta. Algunos lloran y hasta se marean, pero nunca sabré si es por la emoción o de puro terror pensando “ay, que ésta no va a volver a querer tener tema jamás”.

Unas horas más tarde, parece que quieren ganar el concurso de cambio de pañales y conseguidores de eructos –con perdón-. Pero ya en casa, pasados los días de baja paternal –para hacer gestiones e inscribir al niño en las instituciones pertinentes-, las noches son de la madre. Ellos, con la excusa de madrugar –como si ellas no se tuvieran que levantar a la misma hora para intentar ducharse del tirón-, se llegan a largar a dormir a otras habitaciones para que los berridos nocturnos no entorpezcan su descanso. Y si no hay más camas, se limitan a pasar al posesivo de segunda persona del singular “tu hijo llora” mientras dan un codazo a la bendita durmiente.

El “tú sal y diviértete, que yo me quedo con el niño” es una trampa mortal. La primera vez que lo hicimos un grupo de amigas -mamás recientes las tres- y yo, no pasó un minuto sin que sonara el móvil de alguna. Al otro lado, siempre había un señor desesperado preguntando cuánto tiempo había que calentar el biberón, dónde se guardaban los pijamas limpios, qué se hacía con el pañal usado o por qué lloraba sin parar después de haber comido. A partir de las 22:30 el tono cambió, y todas las llamadas eran para preguntar cuándo volvíamos. A todas se nos cortó la digestión -y el gintonic con el que llevábamos fantaseando casi un año-. Una de nosotras –no diré el nombre-, al volver a casa se encontró a su suegra acunando a la niña por el pasillo mientras su chico dormía en el sofá. Pero se convirtió en nuestra ídola porque al día siguiente tuvo la idea de llamarle al trabajo –en plena reunión de contenidos con siete jefes de sección- para lloriquearle que no encontraba las tetinas hervidas, ni el pijama azul del conejito, y que si estaba para planchar o tendido.

Poco a poco le fue “educando en la paternidad” y ahora es la envidia de muchas otras cuando le manda con las niñas a la revisión del dentista, a las tutorías y hasta a la playa con ellas 15 días mientras ella trabaja (y va al cine y sale por las noches y eso).

Lo único, que ya le avisamos que tenga mucho cuidado y le ate corto, porque no hay nada más sexy que ver a un padre de esos que se hacen cargo al 100% de sus niños.  Una conocida me contó una vez que los más golfos son muy de llevarlos al parque por las tardes porque –según leyó en el whatssap de su chico- “se liga más que en una discoteca, tío, mañana te vienes”.

Cuando estuve en Copenhague me enamoré de los daneses. Y no porque la mayoría estuvieran como trenes, sino porque a las 11 de la mañana eran mayoría los papás que paseaban a sus niños por el parque y en los servicios públicos para hombres también había cambiadores.

Vale, quizá vayan siendo minoría. Los nuevos treintañeros apuntan maneras –de las buenas-, pero hasta hace apenas una generación, lo habitual era repartirse la carga al 90/10%. Y en ese 10% sólo estaban incluidos los deberes de matemáticas o física, regañarles en la mesa y llevarle al partido los sábados –para las suertudas que tenían hijos deportistas-.

No me creo yo que jugar al golf sea tan apasionante como para que tantos comiencen a practicarlo coincidiendo con la llegada de un bebé a casa. Pero 18 hoyos son como 6 horas de excusa –entre que se va, se toma el aperitivo y se vuelve- para estar fuera de casa los domingos.

A veces es culpa nuestra. Cierto. No hay frase más peligrosa que el “deja, que yo lo hago más rápido”. Pero si volviera a tener hijos –que no creo- me haría la inútil y redactaría un contrato de 100 páginas en el que quedara explicado bien clarito cuáles son las obligaciones paterno-filiales de cada parte antes de dejar la píldora.

Cambiando de tema, a mi me encantaría que hubiera reencarnación, solamente para que el Fary –por poner un ejemplo- se reencarnara en madre de cinco hijos hiperactivos –sin asistenta- casada con un señor como él.

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@macmartac     www.delespejoaldivan.blogspot.com

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