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Cerrar puertas o dar portazos

"Además de por conseguir mi dinero, peleé por conservar también mi dignidad, mi orgullo y para jorobarlo"

Susurros de Oriente

Geles Rivera
Geles Rivera

Dice mi amigo Luis que siempre es mejor irse cerrando puertas que dando portazos. Sí, sí, la teoría está muy clara, pero las situaciones en las que él te aconseja no tienes solo ganas de salir, sino que te apetece dar un buen portazo y mandar (normalmente a una empresa o a una pareja) a freír espárragos con un buen grito y unos cuantos reproches.

El caso es que durante mis años en Oriente Medio salí de varias empresas. De la primera me despidieron y allí cerré la puerta. Partí con afecto y, aunque ha transcurrido el tiempo, todavía les guardo cariño. Durante varios años visité la oficina para saludar a mis compañeros, para encargarles la estructura de alguno de nuestros proyectos o para que me gestionaran ciertos documentos. ¡Qué bien recibida era! Daba gusto ir a visitarlos. Aunque ya no trabajaba allí, aquella seguía siendo un poco mi casa.

El siguiente empleo duró solo tres meses y fue casi anecdótico. Estuve vendiendo piezas de mármol talladas a mano. De allí salí dando un portazo y bien gordo. Mi jefe, un indio de lo más religioso, se olvidó de los preceptos de su credo cuando llegó la hora de pagarme las comisiones. Las dos broncas que nos enfrentaron resultaron monumentales. Yo acabé sin mis comisiones, pero me quedé bien a gusto con tal portazo. Y no, nunca volví a la tienda. Pero lo dejamos en una historia secundaria porque además, la empresa cerró poco tiempo después. La verdad, tampoco se merecían que les fuera bien por como nos trataron.

Y aquí viene la historia que yo quería compartir. Mi tercera empresa. En la que yo era design manager y tenía despacho propio con cuarto de baño para mí sola. Allí dirigía un equipo de cinco personas. Y todo sonaba estupendo hasta que al jefe le dio por no pagar a sus empleados (bueno, tampoco a las subcontratas ni a los proveedores). No entiendo cómo aguanté tanto tiempo allí. Casi un año estuve. Cuando salí intentando cerrar la puerta, me debían cuatro meses de salario. ¡Qué mal lo pasé en aquella época! Tal y como expliqué en otra columna, acabé denunciándolos. Y es que no solo que mi jefe no quería pagarme. Él se burlaba de mí, asegurándome que ir al juzgado no me iba a servir de nada.

Además de por conseguir mi dinero, peleé por conservar también mi dignidad, mi orgullo y para jorobarlo. Por cierto, él nunca había renovado mi visado y yo continuaba teniendo a mi primer jefe como sponsor (algo por lo que siempre me sentiré agradecida). Antes de denunciar, intenté todo lo posible y conseguí dos de los cuatro meses de salario. Pero a mí eso no me bastaba, para eso había estado yo trabajando.

Con él mantuve dos conversaciones telefónicas. Más que conversaciones fueron discusiones donde hubo hasta sangre. Las dos veces yo lo llamé teniendo a mi amiga a mi lado para poder reunir la fuerza necesaria. Nos gritamos, nos faltamos al respeto y nos abucheamos. Recuerdo ambas ocasiones. Al colgar, mi amiga me abrazaba para recoger los pedazos de Geles y yo me quedaba temblando durante quince minutos. Puede que a algunas personas les gusten las broncas. Desde luego, no es mi caso.

Tras estos dos encontronazos y la denuncia en el juzgado, conseguí que me pagara y tuve que ir a la oficina varias veces. Bueno, en realidad a la oficina no podía ir porque pasé a ser persona non grata y tenía el acceso denegado. Sí, este tipo de cosas son de las que me habría reído cuando me las contaran de otra persona. Pero era yo a quien le censuraron la entrada. ¡Yo! En su momento no le di demasiada importancia porque conseguí mi dinero, pero tenía cerradas las puertas de una empresa que había sido la mía. Las ocasiones en las que los visité, mi compañero, el contable, bajaba al sótano, donde estaba el garaje, y allí me atendía. Un poco avergonzado se sentía él, sin tener ninguna culpa y probablemente sin haber cobrado los últimos meses de sueldo.

Y esto sucede en algunas ocasiones. Que sales dando un portazo y te deniegan la entrada después. Menos mal que de la primera empresa mi partida resultó suave y también fue así en la última, de la que me despedí con todo el cariño para volver a España. ¿Y tú? ¿Últimamente has salido cerrando puertas o dando portazos? Aplíquese tanto a parejas, a empresas o a otras relaciones. 

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