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La jefa de obra iraquí

"Me explicó que en Irak habían sufrido una guerra tras otra. Los hombres se encontraban fuera, luchando, y las mujeres debían aprender a hacerlo para poder defender sus hogares"

Susurros de Oriente

Geles Rivera
Geles Rivera

Estamos concluyendo dos obras para una misma clienta, dos tiendas en Doha Festival City, que será el mayor centro comercial de Qatar. Por alguna razón, todos los agentes involucrados hemos sido mujeres. La clienta y su socia -ambas qataríes-, la que fue mi jefa, las dos project managers y yo misma. Que haya habido dos jefas de obra nos lo ha puesto difícil. Pero Nehal se fue y Noor, recién llegada a la empresa, tomó el relevo.

A diferencia de su predecesora egipcia, Noor es una mujer menuda y viste con hijab. Pero ambas denotan un temperamento férreo cuando hace falta. Al fin y al cabo, lidian a diario con la obra, que si en España era un escenario hostil, aquí todavía lo es más.

Hace unos días vino la nueva jefa de obra a preguntarme sobre unos planos y, después de aclarar las dudas, estuvimos charlando. Esto es lo bueno de trabajar aquí. Acabas cruzándote con gente de diversos orígenes y con pasados de lo más variopintos. Le dije que era la segunda iraquí que conocía y que la primera también era arquitecta. Mi antigua compañera, a pesar de ser mucho más joven, también era una mujer muy fuerte y se lo comenté. ¿Es casualidad, Noor, o es una característica vuestra? Después de escucharla, me di cuenta de que mi pregunta había sido ingenua y casi estúpida. Me explicó que en Irak habían sufrido una guerra tras otra. Los hombres se encontraban fuera, luchando, y las mujeres debían aprender a hacerlo para poder defender sus hogares. Decía que cuando estaba en la universidad estudiando arquitectura, además de las asignaturas obvias de la carrera, les enseñaban a usar las armas.

Y sí, Irak no es un país que ha aparecido en las noticias (demasiado, por desgracia). Irak es el lugar donde vivía la persona que está enfrente de mí. No una supuesta población que sale en la tele. No. Es la mujer que me está mirando a los ojos.

De esto me di cuenta cuando llegué a Doha. En los principios hice varios amigos de Egipto, otro país que estaba de moda por aquellos tiempos. Los que sufrían la situación eran sus padres y sus hermanos. Y estaba pasando en ese (en este) momento. No era algo que nos contaban en clase de historia. Por desgracia, era presente. Y real.

Tengo un amigo palestino. No solemos nombrar el tema, pero un día le pregunté y me contestó con dolor que todos ellos han perdido familiares y amigos. Que no tienen un país donde volver y que la situación de sus allegados es insostenible.

Como siempre, Siria, el conflicto que comenzó mucho antes de que lo quisiéramos ver, cuando en Europa pensábamos que era algo que sucedía solo dentro de la tele. He visto compañeros de trabajo sirios sufriendo la burocracia de los visados hasta que han podido traer a sus esposas y a sus hijos. Resulta desolador. Los miras a los ojos y entonces te das cuenta de la realidad.

A menudo nos cruzamos con personas de Siria. Es el dentista que te arregla una muela, el ingeniero que te calcula las instalaciones, tu vecina, tu profesora de árabe y tantas otras con las que acabamos tomando un café, como estipula el protocolo laboral. Cuando preguntas de dónde son y responden, no sabes si cambiar de conversación o hacer alguna pregunta del tipo “¿tu familia está aquí?”. Cuando la respuesta es sí, sientes un cierto alivio.

Y es aquí, en Oriente Medio, donde he visto a protagonistas de estos conflictos. Y aun así creo que no son los peor parados. Suelen ser profesionales cualificados que pudieron exiliarse antes de que les llegara algo peor. Y llevan sus vivencias con honor y con dolor. Viven sus días y conviven con nosotros. Entonces te das cuenta de que ese “nosotros” significa un privilegio por puro azar. No sé lo que es un conflicto bélico. Me quejo por una crisis inmobiliaria o porque en mi país no tenía encargos. Con un sentimiento de culpa por esas quejas, doy gracias a la vida. Doy gracias con todo mi ser. Y al mismo tiempo las injusticias se nos clavan con indignación y con angustia al verlas un poco más de cerca. Y eso que solo ha sido de paso.

A veces me siento pesimista. Lees el periódico cada día y los conflictos no cesan. Más bien al contrario. A eso se suma que muchos suceden en países árabes. No podemos dejar de sentir empatía porque vivimos aquí y nos relacionamos con este pueblo a diario.  

A veces me siento pesimista. Ojalá el ser humano se dé cuenta un día de que no podemos seguir así.  

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