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Katara

"Yo soy de pueblo. Me crié en una zona rural de la Serranía Conquense y poseo la capacidad de sentir el alma de un pueblo"

La localidad de Katara

Susurros de Oriente

Geles Rivera
Geles Rivera

Los últimos sábados he visitado Katara. Yo sola. Yo, con mi libreta de escribir y con un buen libro.

Katara me despierta una doble sensación, como lo hace casi todo en este país, que nos suele provocar una mezcla de amor y rechazo en cierto grado.

Empiezo por el lado menos bello, así acabaré estas líneas con buen sabor de boca. Katara es un «cultural village», el pueblo cultural de Doha. Una de sus caras es el paseo frente al mar. Otra, las callecitas sinuosas que componen la trama urbana. Placitas, galerías, talleres y rincones conforman este entramado que pretende ser pintoresco. 

Yo soy de pueblo. Me crié en una zona rural de la Serranía Conquense (por cierto, cuánto la echo de menos desde que vivo aquí). Poseo la capacidad de sentir el alma de un pueblo. No por su trama urbana, la composición de sus edificaciones, el sonido de sus calles o el color de sus fachadas. No reconozco el espíritu rural por las clases de urbanismo de la universidad ni por haber estudiado las normas subsidiarias de cada municipio para los proyectos en que trabajé.

Yo reconozco el alma de un pueblo porque comencé mi vida en uno y es mi Ser quien lo percibe. Yo en Katara no me lo creo. Me parece de mentira, un decorado, un  montaje. Cartón-piedra… una falla.

Cuando paseo por Souq Waqif o por el nuevo zoco de Al Wakra, sí me lo creo. Sí, lo siento. Un pueblo de otra cultura, con otros aromas, con distintos lenguajes a los míos, pero de verdad. Aunque sepa que no lo es. Pero lo siento. Quizá sea porque en ambos zocos han tenido la sensibilidad, al proyectarlo y construirlo, de recrear lo que un día sí fue. Un mercado o un pueblo de pescadores, edificando sus muros sobre el alma de los antiguos cimientos. Comprendiendo proporciones, sistemas, técnicas constructivas y consiguiendo unas edificaciones “auténticas”. 

La guinda de la arquitectura forzada de Katara, en mi opinión, es el Anfiteatro. Para mí, no tiene alma. Es una copia con el requerido presupuesto. Pero, repito, es solo una opinión personal.

Dicho esto, paso a la cara amable de Katara, un lugar dentro de Doha donde poder olvidar la urbe, donde poder escapara de la ciudad.

Quería tomarme un tiempo para mí, buscar un espacio donde leer al aire libre. Pasear, cambiar de contexto. Y Katarta me lo ha ofrecido. El clima es perfecto. Temperatura agradable, sol y la brisa sueave del mar. Conseguí sentirme en un contexto tranquilo y relajado. Paseando entre sus calles, entreteniéndome en un mercadillo de productos artesanales. He caminado por cada rincón desierto para sentarme en un banco y escribir unas líneas. Me he tomado un café en una terraza mientras el sol, que fue implacable, ahora acariciaba mi piel. He podido, incluso, disfrutar de un documental español.

En definitiva, he disfrutado de todo lo que me ofrecía este lugar. Sabiendo que es un poco falso y olvidándome de ello a voluntad, para poder saborear la parte verdadera que también tiene. 

Y esa ha sido mi experiencia de las últimas semanas. Katara.

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