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Un día libre, un agobio

No te das cuenta de lo efímero de los días hasta que te pasa esto de que se te acumulen tareas divertidas

Gente en la calle

Estoy sentada ante la mesa. Cabeza apoyada en la mesa. Té y chocolate en la mesa, abrazando mi cabeza. Tengo un día ‘libre’ (entrecomillo porque los días libres se han convertido con el paso del tiempo en ‘días en los que hay cosas que hacer sólo de puertas para adentro). Feliz porque lo tengo, feliz porque apenas tengo.

La cabeza no para. Veinte mil ideas se disparan en mi cabeza como si fueran estrellas fugaces (pero con menos brillo, glamour y magia, huelga decirlo). Si me abriesen la cabeza y echasen ropa, detergente y suavizante (sin olvidarnos de la toallita para no desteñir), podría lavar, centrifugar y secar las prendas sin problema.

Quiero hacer mil cosas y sólo tengo 24 horas. Seamos razonables: Eso sale a razón de 41.6 (periódico) cosas por hora, 1.44 por minuto. Eso no se puede. Y algún día lo logro, será cuestión de llevar al lado al señor del libro Guiness de los Records, porque será hazaña digna de recordar. No te das cuenta de lo efímero de los días hasta que te pasa esto de que se te acumulen tareas divertidas. Ahí es cuando te encantaría tener una cara a cara con tu ‘yo infantil’ y decirle: ‘aprovecha, que esta mierda se acaba. Dentro de un par de años no tendrás tiempo para disfrutar de tus 'Polly Pockets’.

Quiero tantas cosas que no sé lo que quiero. Se me acumulan todas cuales pelusas debajo de mi cama. Quiero aprender de una vez a tocar la guitarra (ya que me he comprado una, lo veo como una opción); quiero salir como cuando tenía 18 años (es decir, a lo bestia); quiero leer libros; quiero aprender cosas nuevas; quiero viajar; quiero pintar; quiero quedarme empanada mirando el techo; quiero preparar la sorpresa más grande del mundo; quiero estar sola; quiero estar con alguien; quiero entretener; quiero que me entretengan; quiero ver Modern Family y comer porquerías como una desgraciada; quiero relajarme – y quiero no tener un respiro.

Quiero pararme a pensar y ver cómo puedo recuperar la esencia que tenía antes de que toda esta vorágine de la edad ‘adulta’ (entrecomillo porque es para reírse) comenzase. Antes me molaba más a mí misma – el tronco iba junto y firme hacia arriba y, de repente, se ha ramificado. Cada rama es una identidad diferente. Una parte del poliedro. Me resulta extraño. Y problemático - ¿ahora a qué rama/cara aplico yo lo que me dice el horóscopo? No entiendo.

Supongo que eso de ‘no sé vivir, estoy improvisando’ es cierto (a veces Facebook lo pone muy fácil con sus imágenes motivadoras). Supongo que no somos bidimensionales, sino ‘polidimensionales’. Supongo muchas cosas, no tengo ni idea de nada.

Supongo que ya he gastado el ‘minuto de ser profunda’ de mi día libre. Ahora me toca el ‘minuto de revolcarme en el suelo como Peppa Pig cuando se ríe’ porque me acaban de decir que me tengo que aprender trece páginas para un bolo. Para mañana por la mañana.

Se acabó el día libre. Se acabó el problema de decidir qué hacer. Bendito trabajo.

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