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Esto es Cuba, mi amor...

Hay viajes que se esperan con especial alegría y este es uno de ellos

Lourdes López−Pacios Navío
| 30 de Mayo de 2020

Hay viajes que se esperan con especial alegría y este es uno de ellos. Volamos desde Méjico a La Habana y en la fila de facturación vemos gente con equipaje de lo más diverso, televisiones,  neumáticos, tostadoras, microondas, fardos de ropa envuelta en plástico…, no olvidemos que ¡vamos a Cuba! el país donde el pasado aún está vivo.

Aterrizar en La Habana es de subidón a pesar de la tormenta tropical que nos acompaña los primeros días, y después de la primera noche en La Habana, a la que volveremos más tarde, nos dirigimos Cienfuegos, una ciudad grande detenida en el tiempo, para tomar el primer contacto con el País. Como todo aquí, esta ciudad es lo que queda de lo que pudo ser en el pasado, amplios bulevares, plazas y calles gloriosas, pero que ahora tan sólo muestra edificios decrépitos y ennegrecidos con tiendecitas de todo lo que en España apenas queda, como tiendecitas de arreglos varios, textiles para hombre junto a mercerías minúsculas donde la organización del espacio lo es todo, ultramarinos con dos latas en cada estantería, tiendas de ajuares y sedas, zapaterías con modelos anticuados, todo curioso, diferente, excitante para nosotros, no tanto para los cubanos…

Ciudad dominio de los franceses, se nota en la arquitectura de sus edificios y en el trazado de sus calles en las que circulan pequeñas calesas de caballos famélicos, tuc tuc tirados por bicicletas del siglo pasado y muchos Ladas, coches rusos que circulan por la isla desde hace más de 60 años. Por todos lados hay carteles anticuados del Ché exaltando la Revolución y es que la nostalgia en un sentimiento común en Cuba.

Trinidad, declarada Patrimonio de la Humanidad en 1988, es una ciudad bellísima, de las que no se olvidan

Pero continuamos hasta Trinidad, declarada Patrimonio de la Humanidad en 1988, para descubrir una ciudad bellísima, de las que no se olvidan. Las callecitas estrechas y adoquinadas, están jalonadas a ambos lados por casitas de fachadas de colores alegres con enrejados muy trabajados, y algunos Palacios reconvertidos en Museos de hacendados ricos que abandonaron el País cuando llegó la Revolución. Hacemos un alto en el camino para ir a un local a tomar un trago de chánchara a base de licor, miel y limón muy rico, y nos sorprende un grupito de músicos cantando y tocando los sones cubanos llenos de ritmo que en cuanto los oyes te dejas llevar. Aunque no soy de nombrar hoteles, aconsejo el Iberostar de Trinidad, una preciosa casa colonial restaurada con mucho gusto.

Continuamos hasta el centro de la isla hasta llegar a Santa Clara y nos damos cuenta de que es especial y no es por la belleza de la ciudad sino porque aquí todo gira en torno a la Revolución. Desde su inmensa plaza, en Cuba todas las plazas son de la Revolución, con enormes carteles del Ché y de Fidel, hasta el Mausoleo del Ché y el Museo Histórico de la revolución, todo tiene la misma temática que tratan con veneración. Dentro del museo se conserva la ropa, armas, gorras, diarios del Ché Guevara y de sus camaradas, descubriendo la historia de un País marcado por aquel acontecimiento del que todavía vive, y he de reconocer que siento como si estuviera  invadiendo la intimidad de aquel hombre… 

El centro histórico de La Habana con el regusto español que aún queda, está lleno de callecitas peatonales con tiendas turísticas deseosas de vender y callejones estrechos con gente sonriente apoyada en puertas desconchadas

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Los tres días siguientes los dedicamos a tumbarnos al sol disfrutando de las aguas color esmeralda de ese trozo del caribe en el Cayo Santa María para coger fuerzas. Y ya por fin, regresamos a La Habana en un viaje de cuatro horas y media por carreteras desiertas, con el firme lleno de socavones contemplando la belleza del campo cubano en el que hombres montados en carritos tirados por caballos escuálidos, transportan atadillos de paja. Es como volver al siglo XIX. Y La Habana nos recibe con un sol generoso y con su encanto especial. El centro histórico con el regusto español que aún queda, está lleno de callecitas peatonales con tiendas turísticas deseosas de vender, callejones estrechos con gente sonriente apoyada en puertas desconchadas, la preciosa Plaza de la Catedral, el Castillo y la Fortaleza, hoteles nuevos y antiguos que no están en las guías turísticas y mucho edificio mugriento, pero algunos también en remodelación.

Es una ciudad muy viva, con los típicos coches antiguos relucientes circulando, puestecillos de churros con chocolate, la Bodeguita del Medio y su clásico mojito y la Floridita con el daiquiri, cosas turísticas pero que hay que hacer, sobre todo La Floridita, donde la música en vivo de nuevo,  da igual la hora, nos arranca una sonrisa y el cuerpo se mueve sin querer. En cuanto a la gastronomía, he de decir que a Cuba aún le falta tiempo, pero en los Paladares, o casas de comida típica, se come sin pretensiones, pero bien.

Pero si hay algo de Cuba que se me queda en el recuerdo, es su gente. El cubano lleva el arte en sus genes y es la gente más alegre y entrañable que he conocido y eso, a pesar de todo… ¡Viva Cuba!

Hasta pronto.

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