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Lake District, la Inglaterra profunda

"Patrimonio de la Humanidad desde 2017, se lo tiene bien merecido, al mantener perfecto equilibrio y armonía entre la majestuosidad de un paisaje soberbio y la actividad agrícola y de pastoreo de la zona"

Lourdes López-Pacios Navío
| 15 de Diciembre de 2019

A pesar de las maravillas que hace el hombre con sus creaciones artísticas, no puede competir, imposible, con la naturaleza y un ejemplo claro de ello lo tenemos en el Lake District, en la región de Cumbria, al noroeste de Inglaterra. Patrimonio de la Humanidad desde 2017, se lo tiene bien merecido, al mantener un perfecto equilibrio y armonía entre la majestuosidad de un paisaje soberbio y la actividad agrícola y de pastoreo de la zona. Un lugar así hay que recorrerlo a pie, por lo que con la ayuda de un guía local, nos planificaron una semana de senderismo eligiendo la zona noroeste de los Lagos: Keswick y alrededores.

Llegamos al aeropuerto de Liverpool y pasamos un día recorriendo la ciudad de los Beatles. Reconozco que no soy nada mitómana, pero no podía irme de allí sin visitar el Cavern Club, la calle Penny Lane o Strawberry Fields. La ciudad está salpicada de alusiones a los Beatles en casi cada rincón y la verdad es que tiene su punto.

Al día siguiente enfilamos la carretera M6/E05 rumbo al norte hasta llegar al Lake District y nos damos cuenta de cómo cambia el paisaje al dejar la vía principal. Las carreteras se estrechan, aparecen algunas curvas y un verde rabioso se apodera del color del campo. A lo lejos se van adivinando algunos de los lagos por el color azulado del agua y dejamos a un lado el famoso Windermere para continuar más al norte hasta que por fin llegamos a Keswick, una preciosa ciudad de apenas 5.000 habitantes que conserva el trazado medieval de sus calles estrechas, a la que se asoman edificios que respetan la arquitectura popular.

Junto a la ciudad la enormidad del lago Derwentwater se impone. La ciudad está llena de tiendas, anticuarios, pubs, restaurantes… pero todo sin desentonar en el conjunto. Nos esperan unos días duros, pero los encaramos con el ánimo bien alto y después de un reconfortante desayuno típico inglés en un B&B precioso, echamos a andar guía en mano.

Nada más salir de la ciudad el paisaje que nos rodea lleno de suaves praderas de mil tonos de verdes salpicadas de millones de florecillas, caminos agrícolas entre arboledas y brezos, ríos, musgo, hiedra, belleza en sí misma, nos abraza y a partir de ese momento lo adoptamos como compañero de este viaje tan especial.

La naturaleza que nos rodea es grandiosa, inimitable, poderosa en una constante mezcla de orografías en la que la reina es la oveja Herwick, una raza robusta preparada para soportar las inclemencias del tiempo de esta zona del país.

No voy a describir la ruta que hicimos, porque las hay a miles y cada una tendrá su encanto, pero sí que voy a destacar algunas de las cosas que calaron hondo y que aún recuerdo bien, como el Castlerigg Stone Circle, un monumento megalítico de hace más de 5.000 años que presume de ser uno de los primeros monumentos que contó con protección del Estado con unas maravillosas vistas al valle de Thirlmere.

Tampoco puedo olvidar el ascenso a Skiddaw o a Blencathra por su belleza y porque fue extenuante, tanto que advertí que íbamos con dos niños y pensé que qué entendía el guía organizador por “niños” No importó, ellos como rosas… La subida empezó bien, se complicó con la lluvia, me preocupó con el aguanieve, y casi fue imposible cuando llegó la niebla y todo hacia arriba, sin parar… Uf! Pero mereció la pena, os lo aseguro.

Recuerdo pasar por pueblos que eran tres casas, literal, más el pub, que no puede faltar y la Iglesia.

Todo tan típico, tan bonito, tan de la Inglaterra profunda… Me viene a la memoria dormir en hotelitos rurales tan bucólicos, tan de novela que no los olvido. Fue muy especial conocer Buttermere, su lago grandioso, bellísimo, de aguas azules en algunos puntos aceradas, el pequeño pueblo, las vacas transitando por la calle principal guiadas por el pastor cayado en mano, y el pintoresco hotel The Fish. Pero es que también comimos bien, sí sí, ya sé que estamos en Inglaterra… pero los guisos y Pies de la cocina rural inglesa son buenos y los postres mejores. El cordero asado espectacular y la tarta de ruibarbo deliciosa.

Fue un viaje agotador, de esos que cuando llegas por fin a tu hotel por la noche, sólo quieres una buena cena y una buena cama. No me extraña que estos maravillosos paisajes hayan servido de inspiración a talentosos escritores como Sir Walter Scott (quién no ha leído o visto Ivanhoe o Robin Hood), o a poetas como John Keats o Lord Tennyson. Merece la pena echarles un vistazo y disfrutar de su obra como ellos disfrutaron de este rincón tan bonito de la tierra.

Hasta pronto.

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