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Sicilia, la Italia profunda

"Me olvido de mapas y guías y contemplo las fachadas de piedra con tallas antiquísimas en largas y estrechas calles que desembocan de pronto en plazas grandiosas y despejadas con fuentes de estilo barroco"

Lourdes López-Pacios Navío
| 05 de Octubre de 2019

Reconozco mi amor por Italia. Pero es que todo el país tiene algo mágico, sin olvidar las islas. Y de ellas Sicilia y de Sicilia Palermo.

Aterrizamos en el aeropuerto Punta Raisi Falcone-Borsellino, en honor a los magistrados asesinados por la mafia en 1992 y nos dirigimos a Palermo sin demora y nada más llegar, me veo en una película italiana de los años cuarenta.

En cuanto llego a un lugar nuevo, busco referencias sobre lo que he leído para situarme hasta que por fin lo encuentro aquí: La Porta Nuova, construida para celebrar la llegada de Carlos V a la isla tras su triunfo en Túnez, y veo un arco de piedra negro de contaminación que da paso a la ciudad vieja. De allí parte la vía Vittorio Emanuele, una de las arterias principales de la ciudad y ya me sitúo y me entra ese nerviosismo previo que me produce descubrir un lugar nuevo.

La primera impresión que tengo de Palermo es que está llena de ARTE sí, con mayúsculas. Vayas dónde vayas, mires dónde mires encuentras una joya que admirar en mejor o peor estado de conservación. De las grandes avenidas, llenas de un tráfico ruidoso y humeante, como la vía Maqueda o la vía Roma, parten callejones imposibles que cuando empieza a anochecer te provocan un subidón de adrenalina. Tal es la impresión que me dan ganas de escribir un relato de crimen y misterio, pero esa sensación de desprotección se supera al instante al escuchar los cánticos que salen del interior de una iglesia por allí escondida. Como la de los Salesianos.

Me olvido de mapas y guías y contemplo las fachadas de piedra con tallas antiquísimas en largas y estrechas calles que desembocan de pronto en plazas grandiosas y despejadas con fuentes de estilo barroco, como la Piazza Pretoria con el edificio del Ayuntamiento en un lateral. Pero sigo caminando y descubro una iglesia no muy grande que quiere pasar desapercibida y entro y me quedo con la boca abierta. El barroquismo recargado de dorados y alegres mosaicos me parece bellísimo y decido en ese mismo instante que La Martorana, es mi iglesia preferida.

Los sicilianos son gente amigable y por la calle se desviven por darte una respuesta con una amable sonrisa. Hablan mucho y deprisa en ese dialecto ininteligible que te deja pensando en el italiano que estudiaste… Sobre todo en los mercados que hay diseminados por la ciudad, como el de la Vucciría o el de Ballaró donde encuentras un pez espada fresquísimo junto a unas sardinas tan relucientes que parecen bruñidas a mano. A su lado se exponen verduras frescas y enfrente vaqueros y camisetas que es una mezcla extraña sí, pero que allí no desentona.

El tráfico en Palermo es espantoso y arriesgarse a cruzar por un paso de cebra es una difícil decisión, hasta que ves a los palermitanos cruzar y te decides a hacer lo mismo rezando por llegar sano a la otra acera.

Es cierto que esta ciudad sorprende y más si visitas la Catacumba de los Capuchinos, un lugar frío y oscuro llenos de pasillos con cuerpos embalsamados a ambos lados que colgados en vertical, miran hacia el suelo o hacia arriba con la boca abierta en un gesto grotesco. Al salir entramos unos minutos en la iglesia de Santa María de la Pace, para recrearnos en el sonido del órgano que ensaya para la misa de la tarde y aspirar el intenso olor a incienso que nos recuerda que estamos vivos…

Como es Semana Santa, vemos a la entrada de una iglesia los preparativos para una procesión y nos quedamos mirando. Una banda de música interpreta unos acordes dirigidos por un director vestido con sus mejores galas. Las autoridades civiles y militares esperan pacientemente a que salga la imagen, y de pronto aparece un crucifijo llevado por cuatro hombres vestidos de uniforme e inevitablemente me acuerdo de Sevilla, de Córdoba o de Zamora… Nada que ver.

En Palermo hay comida por todos sitios y buena y es que al palermitano le gusta comer fuera, en la calle, donde por poco dinero te comes unos arancine rellenos de ragú que quitan el sentido, o algo de pasta fresquísima. Y un punto y aparte merecen los helados, los mejores que he probado en mi vida, en especial uno de naranja entre un brioche de una textura especial para que no se desmorone con la humedad del helado. Maravilloso.

He tenido la impresión de que Palermo está atrapada entre dos mundos, Europa a la que pertenece, y una mezcla de Asia y África con su caos y su bullicio y esa es una de las cosas que la hacen tan encantadora.

Arrivederci bellísima Italia.

Hasta pronto.

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