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El Expreso de mediodía

"El tren transcurría por una vía poco transitada, se detenía en viejas estaciones locales de cuyos edificios salía en ocasiones un oficial a quien solo le faltaba la gorra y el silbato"

La Alfaida

Layla Jreis
Layla Jreis

Hace una semana prescindí del tren de alta velocidad entre Zaragoza y Madrid para disfrutar de tres horas más de viaje a la antigua usanza. Es un lujo que ya pocos nos podemos permitir o tal vez pensemos que esas horas están perdidas y merecen mejor uso. Pero lo cierto es que en ese trayecto de infinitas paradas, sentada en un vagón apenas habitado, con personas solitarias desperdigadas aquí y allá, viajando todas en silencio, contemplando el lento paisaje primaveral, fue puro alimento espiritual.

El tren transcurría por una vía poco transitada, se detenía en viejas estaciones locales de cuyos edificios salía en ocasiones un oficial, a quien solo le faltaba la gorra y el silbato, que se aseguraba de que todo transcurría en eterno y apacible orden. Cosa que no podía ser de otro modo, pues ninguno de los pasajeros que se embarcaban en este ritmo de transporte tenía prisa por salir ni llegar, ni tampoco esperaba alcanzar la gran ciudad, salvo en escasos casos.

Ahí estaba yo observando las ruinas de antiguas industrias abandonadas que contrastaban con las que anunciaban la capital, los campos, los paisajes escarpados, las atalayas y los castillos, los caballos y los toros, y el amplio horizonte que se movía pausadamente a través de la rayada cristalera que solo permitía fotografiar sin nitidez.

Solo eché en falta mi habitual banda sonora de viajes, que me aísla del ruido, y a veces también del aburrimiento visual, cuando el viaje se acercaba a su fin. En esta máquina del tiempo suspendido la paz tenía un sentido propio e irreflexivo que solo se podía sentir, como un halo de luz que te rodea y te conecta con la belleza de lo cotidiano, de lo que siempre ha estado allí pero que nunca has podido detenerte a apreciar o aprendido a observar.

En ese expreso de mediodía, que tal vez sea solo ese expreso de ese día cuando el sol se ponía, y que no necesita permanecer allí para ser revisitado, residía un sentido eterno y primordial de existencia con el que se entabla el diálogo del sosiego en multitud de universos, reteniendo así nuestra conexión con el sueño de la metáfora que nuestras eficientes máquinas no saben por el momento cómo explorar.

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