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Cuando la vida es como la Rueda de Chicago

"Lo verdaderamente importante es que uno no pierda su esencia, en ninguno de los momentos o posiciones en las cuales caprichosamente nos ubique la noria de la vida, eso es algo muy difícil de lograr"

Rueda de Chicago. (pxhere.com)

A la Rueda de Chicago, se le conoce así en muchas partes del mundo, menos en Chicago, en donde se le llama por su nombre original, la Rueda Ferris, porque este entretenimiento mecánico, fue diseñado para la Exposición Mundial Colombina (no colombiana, aunque Colón es lo que motiva las dos denominaciones) de 1893, que se llevó a cabo en la gran ciudad del Medio Oeste norteamericano. La rueda lleva el apellido de su creador, el ingeniero George Washington Gale Ferris Jr., quien moriría de tifoidea tres años después de dejar su su idea dando vueltas, apenas tenía 37 años.

Hace unos días, con Patricia mi esposa, nos subimos a la Rueda de Chicago con un amigo recién conocido, así como suena, porque uno en esta vida puede conectarse con personas quienes han sido cercanas por muchos años, así nunca le hubiéramos estrechado la mano. Las paradojas de este mundo, medio virtual, que nos ha tocado vivir. Mientras girábamos en el aire, recordábamos con este amigo, como en Colombia, en los barrios de las ciudades y en los pueblos, cuando éramos niños, había júbilo y algarabía, cuando llegaba la Rueda de Chicago, que en España le llaman Noria y en otras partes Rueda de la Fortuna, Vuelta al Mundo, Viaje a la Luna.

Sin embargo, las versiones de aquel entretenimiento, a la luz del recuerdo, resultaban algo peligrosas, pues distaban mucho de las actuales cabinas, confortables y seguras, como las del Ojo de Londres, para dar un ejemplo. En aquellos tiempos de nuestra infancia, se trataba de unas sillas metálicas, a las cuales el otrora niño era asegurado con unas varillas, que resultaban unos alambres gruesos. Mientras uno ascendía, las endebles sillas se mecían a voluntad de los vientos, desgastando los tornillos herrumbrosos que sostenían aquel andamiaje. Pero a pesar de todo, la emoción de aquellos infantes no tenía comparación. Para unos niños que jamás habían volado, era la única posibilidad real de despegar los pies del suelo, sin estar soñando.

La Rueda de Chicago, es una buena metáfora de la vida, uno va cual pasajero sentado, intentando no caer de la altura, en ocasiones vamos lento, a ratos demasiado rápido, algunas veces uno parece que alcanza el cielo y está por unos momentos entre las nubes, o quizás sea una neblina espesa que nos oculta de manera egoísta el horizonte, pero quizás la mayoría de las ocasiones nos encontramos abajo, a ras del suelo.

Ahora bien, lo verdaderamente importante es que uno no pierda su esencia, en ninguno de los momentos o posiciones en las cuales caprichosamente nos ubique la noria de la vida, eso es algo muy difícil de lograr y ese amigo, recién conocido, de quien no diré su nombre, porque precisamente su grandeza está en su sencillez, lo sabe y aplica muy bien. Alguien que disfruta por igual de los cielos despejados o de los días grises, pintados con neblina. A su salud.

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Dixon Moya es diplomático colombiano de carrera, escritor por vocación, lleva un blog en el periódico colombiano El Espectador con sus apellidos literarios, en el cual escribe de todo un poco: http://blogs.elespectador.com/lineas-de-arena/  En Twitter a ratos trina como @dixonmedellin

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