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Pájaros de cine. Hablando de un futuro clásico

“Pájaros de Verano” comienza con una de las escenas más potentes de la cinematografía contemporánea, el baile Wayuu, el mejor abrebocas para introducir al espectador en la cultura de un pueblo indígena asentado en el norte de Colombia y Venezuela, que nunca pudo ser dominado en la conquista española"

Si uno relaciona las palabras pájaros y cine, llega de manera automática el clásico de Alfred Hitchcock de 1963. En la historia del cine colombiano, también hay un referente obligado, otros pájaros carroñeros, protagonistas de nuestra violencia política de los años cuarenta y cincuenta, reflejados en “Cóndores No Entierran Todos los Días” (1984) del Director Francisco Norden. En 2018 aparece un nuevo título con el nombre de pájaros, que me atrevo a decir está llamado a ser un clásico del cine, por todas sus aportaciones. Pero no quiero que esta reseña quede a vuelo de pájaro.

En una tarde de otoño en Chicago, pude por fin ver “Pájaros de Verano”, la película dirigida por Cristina Gallego y Ciro Guerra, que podía ser la dupla CG-CG, Con Garantía de Cine Genial. Llevaba meses promocionándola en Twitter, a pesar de no haberla apreciado, pero invitando a quienes podían verla tanto en Colombia como en otros sitios, confiando en los antecedentes de los realizadores colombianos, quienes a pesar de su juventud ya cuentan con títulos imprescindibles en nuestra filmografía.

Afortunadamente en la edición 54 del Festival Internacional de Cine de Chicago fue programada y además acaba de ganar dos importantes reconocimientos en el certamen, mejor fotografía a David Gallego y mejor Dirección de Arte para Angélica Perea. Como algunos especialistas ya han analizado la cinta y no quiero tampoco entorpecer la experiencia de quienes todavía no la han visto, van unas ideas para compartir con unos y otros.

Cartel de la película 'Pájaros de Verano'.“Pájaros de Verano” inicia con una de las escenas más potentes de la cinematografía contemporánea, el baile Wayuu (o Wayú), que parece una cacería o una prueba atlética, más que un rito de seducción y cortejo como la mayoría de bailes. El mejor abrebocas para introducir al espectador en la cultura de un pueblo indígena asentado en el norte de Colombia y Venezuela, que nunca pudo ser dominado en la conquista española.

El escenario es incomparable, con el desierto de La Guajira y las salinas de Manaure de fondo. Alguna vez le mostraba un libro de fotos de esa parte de Colombia a un ciudadano de Abu Dhabi y el hombre no daba crédito a lo que veía, cómo era posible que en Colombia, existiera un pueblo habitante del desierto, en el cual sus mujeres vestían amplias mantas y se cubrían la cabeza, pues al comienzo pensaba que yo le estaba mostrando imágenes de un poblado árabe.

La verdad es que si bien hay mucho desconocimiento sobre el mundo fascinante Wayuu, sus bellas y multicolores artesanías en textiles son extremadamente populares, no solo en Colombia, pues en muchos lugares del mundo aprecian las hamacas, las mochilas, las batas de mujer, los sombreros. Pero se desconoce la cosmogonía de un pueblo que para el resto de colombianos se reduce a los estereotipos sobre los clanes y sus costumbres comerciales.

Uno de esos valores fundamentales de la cultura Wayuu es la del “palabrero”, el mensajero que lleva por caseríos y rancherías la fuerza de la palabra, para resolver conflictos, el perfecto diplomático, que no es un embajador apoltronado, sino un errante componedor de entuertos, una persona que resuelve los problemas hablando. La UNESCO ha reconocido al palabrero, como patrimonio intangible de la humanidad.

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Otra escena inolvidable, es aquella en la cual se muestra la cama amplia, cómoda y aparentemente ideal pero vacía, pues sus ocupantes, la pareja protagonista sigue retozando en la hamaca, ese invento maravilloso que permite tener sueños aéreos o pesadillas ingrávidas.

La cama del párrafo anterior está ubicada en una casa de ensueño, construida en mitad del desierto, como un cuento de fantasía de Las Mil y Una Noches, algo surgido de la mente de un genio que desaparece con la fuerza de la ambición y la venganza de los hombres. Recuerda invariablemente a Gabriel García Márquez, quien afirmaba que el realismo mágico no era una invención, era la crónica cotidiana de eventos extraordinarios vividos en el Caribe.

Pero además de su belleza, “Pájaros de verano” es la primera película colombiana que plantea el origen del narcotráfico sin dilaciones, con el papel de los llamados “Cuerpos de Paz”, aquellos norteamericanos que llegaron a la Costa Caribe de Colombia, atraídos no solo por su belleza natural y con el mensaje de no caer en el comunismo, sino que propiciaron el comercio ilegal  de una planta, considerada hasta ese momento sagrada por las comunidades indígenas, la marihuana. La misma que luego de haber provocado guerras de todas las estirpes, ahora se vende legalmente en muchos sitios del mundo.

Algunos de los espectadores estadounidenses, quizás no lo sospechaban, pero como colombiano también tuve que leer subtítulos, pues para los realizadores impera el respeto de las lenguas indígenas que se resisten a desaparecer. Por todo lo anterior y mucho más que no alcanzo a explicar en este espacio, “Pájaros de Verano” será un clásico de la filmografía mundial. No dejen de verla.

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Dixon Moya es diplomático colombiano de carrera, escritor por vocación, lleva un blog en el periódico colombiano El Espectador con sus apellidos literarios, en el cual escribe de todo un poco: http://blogs.elespectador.com/lineas-de-arena/  En Twitter a ratos trina como @dixonmedellin

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