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La política migratoria de Colombia. Una mano hermana

"En los últimos años, al menos un millón setecientos mil venezolanos han llegado a Colombia"

Colombia y Venezuela, no son países vecinos, son países hermanos, lo cual hace una gran diferencia, no en vano los colores de nuestras banderas son los mismos. Como en toda familia, puede que haya desavenencias, problemas transitorios que se superan, pero nadie puede dudar del verdadero cariño que anida en los corazones de los habitantes de los dos países.

Todos mis recuerdos de Venezuela, son entrañables, siendo estudiante universitario, fue el primer país que conocí fuera de Colombia. En aquella visita para un congreso académico, recuerdo el detalle de un joven que me brindó su apartamento, porque ya no habían posibilidades de un alojamiento en la Universidad Central de Venezuela en Caracas.

En aquella jornada, tuve mi primer éxito editorial, al vender decenas de ejemplares de un modesto cuadernillo con poemas y un cuento breve que preparamos con un compañero, quien lo ilustró, para financiar el viaje de regreso a Bogotá, recuerdo que nos sobró dinero para invitar a los amigos a un rico almuerzo en la playa en la Guaira.

Mi primer destino diplomático fue Venezuela, en Ciudad Guayana, más conocida como Puerto Ordaz, una ciudad fascinante. Allí tuve oportunidad de ver publicados unos poemas de mi autoría, en las páginas literarias de El Correo del Caroní, gracias a Sara Mukherjee, editora argentina radicada en suelo guayanés. En el mismo periódico fui destacado en un concurso de ensayo sobre los cien años de la novela 'El Soberbio Orinoco' de Julio Verne organizado por el periódico en 1998. Con el dinero recibido, pude dejar una pequeña biblioteca para el Consulado de Colombia.

En mis labores oficiales, conocí a un grupo maravilloso de personas  en torno a la Asociación Colombo Venezolana -ASOCOVE, compuesta por familias binacionales, la mayoría matrimonios entre personas de los dos países. El nombre de la sede era Aracataca, que evocaba la población natal de Gabriel García Márquez. Ellos nunca lo supieron, pero Gabo tuvo conocimiento sobre la Asociación, gracias a una carta que le envié al genio de las letras, cuando estuve en Nicaragua, años más tarde.

Compartí con otras personas muy especiales, como los funcionarios con los cuales trabajé, las asesoras jurídicas, el señor taxista que me transportaba, colegas diplomáticos, colombianos que aman a Venezuela, como una querida amiga casada con su esposo portugués, porque Guayana le había dado la bienvenida a gente de todo el mundo. En aquella época feliz, comencé a publicar diversos textos en Letralia, una de las primeras editoriales digitales en América Latina, gracias al esfuerzo inconmensurable del querido Jorge Gómez Jiménez.

La luna de miel que disfrutamos con mi esposa Patricia, fue en un escenario paradisiaco, en el parque Nacional Canaima, en un campamento al frente del Salto Ángel, el salto más alto del mundo. Hablo de una época, muy diferente a la actual, en la cual, nadie podía sospechar la tragedia histórica que se instalaría, traducida en una crisis humanitaria sin parangón, que ha provocado que millones de venezolanos salgan huyendo a otros destinos.

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En los últimos años, al menos un millón setecientos mil venezolanos han llegado a Colombia, muchos de ellos, siendo familias humildes que han emprendido unas jornadas de viaje inclementes, enfrentando drásticos cambios de clima, desde regiones calurosas y ahora intentan sobrevivir en ciudades frías de las montañas andinas, sufriendo el calvario al que se enfrentan los migrantes indocumentados en el mundo.

El gobierno colombiano tomó una decisión histórica, proclamar un estatuto de protección para los migrantes venezolanos, nada fácil para un país que no es una potencia mundial, con muchos problemas y necesidades internas, pero ante la ausencia de recursos, lo que sobra es el verdadero cariño, el deseo sincero de colaborar a quienes nos acogieron en el pasado, a los hermanos con quienes formamos la misma patria, en los albores de la independencia, gracias a la visión y liderazgo de un hombre incomparable, Simón Bolívar, una república destinada a ser grande. Sueño que algunos todavía vemos posible y ojalá en el futuro, se pudiera cumplir.

La promulgación del Estatuto Temporal de Protección para Migrantes, por el gobierno del presidente Iván Duque, le permite a los hermanos venezolanos migrantes salir de la irregularidad, en otras palabras, de la vulnerabilidad, para facilitar su vida cotidiana, además de promover su integración en su país de acogida, que para muchos será su hogar definitivo, como en su momento fue Venezuela para miles de colombianos.

Hay algunos interesados en que haya conflicto entre colombianos y venezolanos, eso es imposible porque son innumerables las cosas que tenemos en común, desde las arepas, la música de los llanos occidentales venezolanos que se convierten en orientales en Colombia, el culto a la virgen de Chiquinquirá que en Maracaibo le dicen la Chinita, palabras como chévere, las telenovelas, los reinados de belleza, el deporte, la literatura, la cultura y un padre común. Hermanos al fin y al cabo.

(La imagen que ilustra el texto es de The Bogotá Post)

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Dixon Moya es diplomático colombiano de carrera, escritor por vocación, lleva un blog en el periódico colombiano El Espectador con sus apellidos literarios, en el cual escribe de todo un poco: http://blogs.elespectador.com/lineas-de-arena/  En Twitter a ratos trina como @dixonmedellin

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