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Los tulipanes diplomáticos

"El tulipán es considerada la flor nacional de los Países Bajos, pero lejos de lo que se cree, la flor no es holandesa"

Chicago, pareciera una ciudad con solo dos estaciones, un corto verano y un largo invierno. Las dos tienen algo en común, el frío viento. Esta afirmación puede resultar algo exagerada, pues evidentemente existen primavera y otoño, pero la verdad es que la primavera resulta ser apenas un anticipo del verano que todos esperan con ansiedad y el otoño la antesala de un invierno que puede durar más de seis meses. Al menos es la sensación de quienes viven en esta ciudad o de los transeúntes temporales, como los diplomáticos.

De todas maneras, vamos a suponer que existe la primavera y no hay mejor representación que la flor del tulipán. Que es tan delicada como preciosa, tan efímera como duradera en la memoria. En la principal calle de la ciudad de los hombros grandes, el mote que más me gusta de Chicago, la Avenida Michigan, en lo que algunos llaman The Magnificent Mile (la Milla Magnífica), en los separadores de la calle, como en los andenes, se suelen plantar los tulipanes en el mes de abril. Cuando por fin aparecen estas flores uno puede estar seguro que ha llegado la primavera.

El tulipán es considerada la flor nacional de los Países Bajos, pero lejos de lo que se cree, la flor no es holandesa. De hecho, se podría decir que fue la flor la que adoptó a Europa y no al revés. Este acontecimiento, ha sido uno de los mayores logros en la historia de la diplomacia cultural. Los diplomáticos no solo son adornos para las reuniones sociales, como solía afirmar un querido embajador que tuve como jefe, pues siempre señalaba en las recepciones oficiales, en una esquina los arreglos florales, en la otra las banderas, en la otra los embajadores, etc. También los diplomáticos pueden resultar fundamentales en la historia de los países.

Es el caso de Ogier Ghiselin de Busbecq, embajador de Austria en la corte de Soleimán el Magnífico en el Imperio Otomano, quien al hacer el viaje a Estambul, la antigua Constantinopla, quedó enamorado de esa flor que los otomanos denominaban 'tüllbent' o 'tülbend' que significa turbante, lo que le hace a uno asociar la imagen de la flor con algunos sombreros de esa parte del mundo. La flor realmente es originaria del centro de Asia, en territorios de lo que hoy es Kazajistán. Otra teoría indica que los tulipanes llegaron al norte de Europa desde el sur de España, gracias a que los árabes lo habrían introducido en Andalucía. Sin embargo, nos inclinamos por la versión del diplomático austríaco, que está más documentada.

El embajador Busbecq, quien también era escritor (es autor de una célebre obra conocida como 'Cartas Turcas') tradujo aquella palabra del turbante turco, como 'tulipán', pero no solo se contentó con ello, sino que en una de las primeras operaciones de contrabando en valija diplomática, de las que se tenga noticia, las plantas terminaron en la fría Europa. Luego los botánicos terminarían aclimatando el tulipán a su nuevo hogar y desde su llegada no han dejado de seguir investigándolo, creando nuevas especies que llegaron a la literatura como 'El Tulipán Negro', aquella novela histórica de Alejandro Dumas (padre), en la lejana época cuando los jóvenes leían por placer.

El tulipán tuvo su auge y caída en Holanda, de flor pasó a ser objeto de intercambio comercial, un producto refinado que todos ansiaban poseer, hasta el día en que la especulación llegó a su límite de resistencia racional y como pasa con cualquier tipo de burbuja especulativa simplemente explotó, llevando la economía holandesa a la ruina, lo cual no parece ser extraño, no en vano hay algo llamado la 'enfermedad holandesa', aunque ese mal no fue por los tulipanes. Sin embargo, es célebre la 'tulipomanía', un fenómeno social y económico que llevó a todo un país a la locura, pues todos querían tener tulipanes como símbolo de estatus y riqueza.

En todo caso y como haya sido, con locura o sin ella, los admiradores rendidos de los tulipanes le debemos estar muy agradecidos a un diplomático que hizo bien la tarea, no solo documentó su experiencia en territorio extranjero sino que además se llevó a su patria, lo mejor del otro país en donde prestó servicios. Ahora mismo salgo a buscar tulipanes azules.

 La imagen es un cuadro del artista francés Jean-Leon Gerome titulado 'La locura del Tulipán'.

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Dixon Moya es diplomático colombiano de carrera, escritor por vocación, lleva un blog en el periódico colombiano El Espectador con sus apellidos literarios, en el cual escribe de todo un poco: http://blogs.elespectador.com/lineas-de-arena/ En Twitter a ratos trina como @dixonmedellin

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