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Por qué no es bueno reprimirse

"Después de meses de guardarnos todo aquello que sentimos y pensamos es normal que acabemos con bajones grandes y depresiones de varios días"

Detribu

Marta Pérez

"Marta, no estés con esa cara. No te enfades. No estés triste". Ejemplos de alguien pidiéndome que me reprimiese. Por educación, para agradar a otr@. Tanto autoconocimiento y aquí estoy, continúo reprimiéndome. Fue una conferencia de Covadonga Pérez-Lozana la que me hizo darme cuenta de ello. Hablaba sobre algo que yo entendí como quitarnos la máscara de lo políticamente correcto y expresarnos libremente. Siempre mandando emails con "espero que estés muy bien", "os deseo lo mejor", "si no te importa", "perdona las molestias", para suavizar el tema, que no agobie, sin poner límites, sin aclarar las cosas. Y, ¿qué pasa? Pues que la vida quiere que hagas lo contrario; que seas clara, que digas lo que piensas, que saludes y te despidas no sin antes mostrarte tal como eres, sin reprimirte.

Dice Covadonga que los niños no se reprimen. Recuerdo un viaje que hicimos la familia junto con nuestros vecinos a Miami, tenía cuatro años. Aún siendo tan pequeña cuando aquello ocurrió, no olvido la imagen. Lloraba una tarde porque estaba triste, echaba de menos a mi perra Tula y quería irme con ella. Esa niña no se reprimió nada, sintió y expresó. Así deberíamos ser. Ahora, imagínate en un viaje con amig@s; sientes tristeza y te pones a llorar en público, delante de tod@s. ¿Qué pensarían de ti? Quizá, que no te sabes controlar, que estás fastidiando el viaje al resto de personas. Pero tú simplemente quieres expresar lo que te viene, para no guardar. Reprimirse pasa factura.

Leí en la página del instituto de Enric Corbera, experto en la relación mente, cuerpo y emociones, que el médico Francisco Moya aseguraba que “la enfermedad grave es como la gota que ha colmado el vaso emotivo, es la consecuencia de un cúmulo de emociones a lo largo de toda una vida que, llegado el momento, se desborda”. Las emociones que reprimimos se acumulan en diferentes partes de nuestro cuerpo, en los órganos y pueden crearnos enfermedades más adelante. Además, después de meses de guardarnos todo aquello que sentimos y pensamos es normal que acabemos con bajones grandes y depresiones de varios días, con el estado de ánimo por los suelos. Es la consecuencia de no saber escucharnos a nivel emocional y corporal día a día, de no saber cuáles son nuestras necesidades en cada momento y estar poniendo el foco en los demás y en lo que esperan de nosotr@s.

Hace unos meses, mientras iba conduciendo de camino a la finca en la que trabajaba, vi un par de coches parados en el arcén. No les presté gran atención, aún no había amanecido y estaba muy oscuro. En un momento, dos ojos me miraban desde la carretera. Lo recuerdo y la emoción emerge, me pongo triste. Pasé por encima de él. Era un perro. O dos. Ni siquiera estoy segura. No sé por qué estaba allí ni qué le pasó después de que mi coche pasara por encima. Ese día, le expliqué a mi compañera de trabajo lo que había pasado y no volví a abrir la boca hasta pasadas al menos dos horas. Necesitaba sentir aquella tristeza, ese dolor; adoro a los animales y nunca me había pasado nada parecido. Tuve que comprender que no estaba en mi mano hacer nada y que aquello, ya había pasado. Me perdoné. Sin culpas, sin reproches.

Tenemos que dejarnos ser quienes somos, por nuestro propio bien, por amor a nosotr@s mism@s. Eso no quiere decir que en el camino dañemos o pasemos por encima de alguien. Siempre desde el respeto, con asertividad. Guardarnos emociones puede generar resentimiento, ira, frustración, rabia. Todo muy perjudicial. A mí me estaba pasando estos días, hasta que vi la conferencia de Covadonga. Había entregado un trabajo hacía seis meses del que no había obtenido ningún tipo de 'feedback', cero, ni para bien ni para mal. Ver ese vídeo fue clave para decidirme a mandar un mensaje a la persona. Fui educada, correcta, pero mostré cómo me afectaba su "no-contestación". Tantos emails adecuados, escritos para agradar a la otra persona que nunca tuvieron respuesta y a este último mensaje, contestó en menos de una hora. La ecuación salió redonda; expreso y obtengo.

Así, experiencia tras experiencia, voy verificando lo que aprendo con mis libros, mis conferencias, documentales, series. En este caso, he aprendido que no me guardaré más lo que pienso, lo que siento; buscaré el momento adecuado, las palabras adecuadas, no dañaré ni culparé a nadie y mucho menos a mí misma.

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Es una experiencia por la que todos pasamos en nuestras vidas. El problema es que cuando esas represiones se acumulan y llega el momento de explotar. Puede causar mucho daño a propios y extraños, además de a uno mismo.

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