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Ella nunca baila sola

Debía ser allá por el 2008 ó 2009. Ya saben uno con la edad pierde la noción del tiempo. Era mi primer viaje a los Emiratos.

Debía ser allá por el 2008 ó 2009. Ya saben uno con la edad pierde la noción del tiempo. Era mi primer viaje a los Emiratos. Unos días en la Feria del Libro Abu Dhabi y luego una extensión a Dubai. En aquel momento, aún bien desconocida. Ya saben no existía el metro, el Burj Khalifa todavía estaba en obras y puestos a decir el viaje era agotador. Recuerdo una especie de autobús aéreo, vía Estambul, en horarios intempestivos con una parada en Abu Dhabi camino a su destino final en Mascate.

En Dubai estuvimos alojados en la zona del Creek. Una de aquellas noches calurosas decidimos con mi pareja en aquel momento ir a cenar a un restaurante del hotel. Un restaurante japonés para más información. Desconozco si todavía funciona o no. Tenía una terraza espectacular justo debajo de la Torre del National Bank de Dubai. Un lugar magnífico, tranquilo y realmente solitario. Una sola mesa ocupada, la nuestra. Imaginen esas soledades en compañía donde uno siempre esboza una sonrisa.

Recuerdo al camarero, nuestra ya única compañía, con una sonrisa siempre presente. Esas sonrisas de oreja a oreja que denotan felicidad. El tipo no era japonés, y la comida imagino tampoco, pero bueno ya saben que jugar al solitario y hacer trampas es a veces apetecible. Como algunos hemos sido siempre de buen comer y buen beber. Entre tataki y tataki – desconozco otros platos en japonés – , pedimos una primera botella de vino. Pienso de Nueva Zelanda o Sud Africa. Nada en comparación con un buen Ribera de Duero o un Verdejo fresco, pero aceptable para esa noche.

Tengo la teoría que la comida japonesa, pero en general el pescado, no llena, pero si permite las alegrías del vino. Por eso tras una primera botella toco pedir la segunda. El camarero definitivamente no japonés miro extrañado como diciendo “ui ui con estos europeos”. Pero diligente sirvió una segunda botella de vino frío, bien frío. La estampa de cenar debajo de un rascacielos como el Banco Central de Dubai se cerraba entre copa y copa. Mi pareja me pidió bailar allí mismo. Yo que soy un cobarde para estos temas –Dios el alcohol no me afecta– fui incapaz acompañarla. Ella sí bailo sola.

Al final todas las historias no tienen feliz final, pero si todas las historias de la vida suman experiencias. Quizás a unos les quede París, a otros quizás Casablanca, a otros algún lugar en el pasado, y algún iluso piense que le llegará su lugar en el futuro. Aunque no lo sepamos todos tenemos un Dubai para recordar. Todos tenemos historias para pensar. Quizás un camarero, quizás una botella de vino, quizás simplemente un baile que era algo que jamás quiso ser, pero quisimos creer siempre fue.

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