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Ángel

"Había una vez un niño que sólo podía ver tres colores: negro, gris y blanco; Ángel, que así se llamaba, vivía en una sombra de tristeza, sin poder sentir felicidad"

Había una vez un niño que sólo podía ver tres colores: negro, gris y blanco. Ángel, que así se llamaba, vivía en una sombra de tristeza, sin poder sentir felicidad. Nadie podía sacarle una sonrisa, ni siquiera una pequeña. Así que sus padres decidieron que tenían que hacer algo por él. Recurrieron a un médico de gran prestigio pero después de muchas pruebas y análisis, no se vio ninguna mejora en el niño. Lo llevaron a pasar temporadas a la montaña por ver si el aire de la montaña producía algún efecto, pero tampoco pareció tener ninguna influencia positiva. Lo llevaron a orillas del mar, por ver si el sonido de las olas del mar y la brisa cambiaban su mundo gris. Pero por desgracia no fue así y el niño presentaba los mismos síntomas de tristeza y abatimiento. No reía, no jugaba, no quería hacer nada, sólo permanecer en su habitación, acostado mirando al techo.

Un día que el chico estaba sentado en un banco en el parque, pasó por allí un anciano. Ángel tenía la mirada fija en el suelo, contemplando una línea de hormigas llevarse a un gusano. No se dio cuenta de la presencia del hombre.

- ¡Qué triste es la vida! Todo consiste en comer o ser comido- se dijo a si mismo, secándose una lágrima. El hombre mayor se fue a sentar al lado de Ángel.

-¿A qué te refieres, hijo?- preguntó el hombre al chico, que saltó en el banco del susto.

- No, nada… pensaba que es muy triste ser un gusano y que se te lleven las hormigas, que son muchas y no puedes hacer nada contra ellas. ¿Cómo se puede estar contento cuando no se sabe si uno tiene un futuro?- preguntó tristemente. El hombre mayor frunció el ceño, sorprendido de oír tan funestas palabras de boca de un niño. Pensó que debía de tratarse de un caso grave, así que decidió intervenir:

-El mundo no es perfecto, pero tiene su lógica y la vida es una aventura. Anda conmigo y te explicaré algunas cosas- dijo, levantándose con dificultad. Ángel decidió que valía la pena seguir a aquel hombre. Caminaron por el sendero, bajo los tilos, conversando.

-¿Y cómo es que un niño como tú lo ve todo tan negro?- preguntó el hombre mientras caminaban a paso lento.

-Eso es obvio, ¿no crees?- dijo Ángel tristemente. -Todo el mundo tiene cara larga y unos gritan a los otros. Los padres se separan y los niños se sienten abandonados. Las aves y los insectos se extinguen y el planeta sufre. He oído en un documental que en pocos años el clima será tan caliente que no se podrá vivir en casi ningún sitio….- el hombre mayor se dio cuenta de la magnitud de la preocupación que arrastraba al niño.

-Lo es, lo es. Pero tienes que saber que en medio de todas esas cosas que mencionas, también hay cosas buenas en la vida, ¿sabes? Vale la pena que también te fijes en ellas.

-Yo no las veo. Vivo en un mundo gris y triste- replicó Ángel, su tristeza mayor que antes. ¿Cómo puedo ver esas cosas de las que habla?

-Buscando bien.- dijo el anciano con una sonrisa.

-Este es un mundo triste. Hay guerra, peleas, cosas horribles en el mundo-insistió el niño.

- Y aún así, vale la pena tener una mirada para lo hermoso del amanecer y las puestas de sol, y la blancura de la luna, y el nido de un pájaro que se sienta a incubar sus huevos hasta que salen pequeñitos polluelos… por no hablar del olor de los jazmines y lo hermoso de las rosas y la majestuosidad de un roble…- expuso el anciano, pensando en la gran cantidad de maravillas que le hacían sentir feliz.

-Una vida sin felicidad. Yo vivo en un mundo gris y triste, sin color, solo maldad. La vida es tan cruel,- añadió Ángel con aire pesimista. El anciano frunció el ceño. Empezaba a dudar de que hubiese algo que le hiciera cambiar de opinión ¿Cómo podría levantarle el ánimo al chico?

-Lo que dices es verdad. Claro, el futuro parece un poco incierto y feo, pero eso no quiere decir que tengas que recordártelo a cada minuto.- dijo el anciano pensativamente. Miró al chico. Seguía sin sonreír.

Se volvieron a sentar en un banco desde el que el anciano tiró trocitos de pan a un grupo de patos en el estanque.

-Esos patos de ahí podrían acabar en el plato de alguien.- observó Ángel. El anciano arqueó sus cejas, sin poder creerse que el niño consiguiese ver el lado negativo de todo. Era evidente que el niño padecía algún tipo de enfermedad del alma. Después tuvo una idea, y empezó a argumentar:

-Pero a los patos eso no les hace vivir mal, ¿no? Yo no veo a ninguno triste; ni las ardillas de los pinos, ni los erizos del bosque. Todos están ocupados haciendo sus cosas de patos, ardillas o erizos. Igual que tú deberías estar ocupado jugando, leyendo, estudiando, y todo lo demás que te toca hacer ahora. El secreto está en vivir en este momento y en este lugar. Piensa en ello.- Observó el anciano, antes de desaparecer en la distancia.

El chico se dio cuenta de que el anciano tenía razón y vio que los pájaros volaban, la hierba crecía, los peces nadaban y era bello.

Cuando quiso responderle al hombre, para darle la razón, ya este había desaparecido. Ángel se sentía mucho mejor ahora, después de esta conversación, que, pensándolo bien, no estaba seguro de que hubiese sucedido en absoluto.

Sea como sea, desde el día del parque, Ángel sonríe más a menudo y sale a jugar con sus amigos por las tardes. Sus padres lo miran aliviados y piensan que todo ha sido una etapa.

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