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Día II

"Miro como el fuego devora toda la leña seca y me hace pensar en cómo eso mismo podría pasarme a mí en un encuentro con algún animal salvaje"

Día 2, Clarisa, inglesa, 16 años

No sé por qué el fuego me parece tan interesante hoy. Miro como el fuego devora toda la leña seca y me hace pensar en cómo eso mismo podría pasarme a mí en un encuentro con algún animal salvaje. Escucho el grito de un zorro, extrañamente parecido al de un humano. Me levanto de un salto, cuchillo en mano. Un segundo. Do-do-dos. Tres. Cua—

-¿Quién anda ahí?- dice una voz. Mi cuerpo se congela de miedo. Mi mano agarra el cuchillo fuertemente. Silencio. De pronto, una figura aparece encima de la duna, su silueta destacando en el cielo negro. Se queda allí, su cara oscurecida, probablemente preguntándose qué hace una persona sola en medio del desierto, exactamente la misma pregunta que me surge a mí. La figura se acerca, y comienzo a temblar, alzando el cuchillo.

-¡No! ¡Yo no atacarte!- dice rápidamente la persona, acercándose con los brazos alzados. Tiene cierto acento desconocido para mí. No- no- no bajo el cuchillo.

-¡Enseñame tus armas!- ordeno, tratando de aparentar ser peligrosa aunque solo consigo temblar más.

-Yo no tener armas- dice la persona. Se acerca a mi fuego y veo que tiene piel oscura y una cicatriz en la cara. Le reconozco. Estaba en el avión antes de acabar aquí. Parece que él también me reconoce. Bajo el cuchillo pero no lo suelto.

Día 2, Marcos, español, 15 años

El viento levanta ráfagas de arena. Llevo un trozo de tela tapándome la boca para no tragar arena. Me deshice de la mochila y llevo solo la cantimplora y el cuchillo atados a mi cinturón. Mis pies están descalzos, ya que las sandalias que llevaba antes eran muy pesadas y me retrasaban. Subo otra duna, mirando arriba hacia el cielo oscuro. Espero que amanezca pronto.

Doy un paso más sin prestar atención y resbalo. Me caigo atrás, revolcándome por la arena. Trato de parar mi caída, intentando desesperadamente agarrar algo, pero sigo cayendo. La tela se suelta y la arena se me mete en la boca. Tosiendo, soy capaz de parar de rodar. Me miro las manos arañadas, y también las rodillas. Escupo la arena y me levanto. Me siento débil. ¡Diablos!- murmuro, pasándome una mano por el pelo. No entiendo por qué mis padres decidieron mandarme aquí. Llevo aquí un día y medio y no me gusta nada. Lo que tengo que hacer es llegar a la meta.

Día 2, Ai Mí, china, 18 años

El tiempo pasa rápidamente. Llevo andando horas y mis pies se hunden en la arena blanda como si fuese nieve. Me gusta más la noche que el día. No hay sol ni hace calor. Puedo oír los ruidos de criaturas nocturnas y los murmullos del viento. Tengo que admitir que no está mal, pero prefiero mi casa. Me deslizo duna abajo. Sigo andando, perdida en pensamientos de mi familia. Lo último que me aconsejaron es ir al norte. Aún no entiendo qué les impulsó a decidir enviarme a esta misión de supervivencia.

Antes de que pueda reaccionar, una flecha se hunde en la arena en frente de mí. Me doy la vuelta, con una mano en la empuñadura de mi cuchillo. Una silueta levanta un arco, apuntándome…

Día 2, Javor, ruso, 15 años

La presa no es un animal. Oops. ¡Es una persona! Lentamente, bajo el arco, andando hacía atrás. La persona grita algo inaudible y echa a andar hacía mí. Mi corazón comienza a latir rápidamente y echo a correr duna abajo. Escucho que la persona grita algo parecido a “¡Vuelve!” pero sigo corriendo, ocultándome detrás de una roca oscura. Escucho cómo la persona se acerca:

-¡Eh! ¿Dónde estas, chico?

No muevo ni un músculo, mi aliento atrapado en los pulmones. La persona se va alejando y espero a que desaparezca detrás de una duna antes de seguirla silenciosamente.

Día 2, Pappu, indio, 13 años

Pasamos tiempo sin decir nada. La inglesa no ha dicho nada desde hace una hora, desde que nos encontramos. Cuando habla, me sobresalta.

-¿Cuál es tu nombre?- pregunta.

-Yo llamarme Pappu- respondo. Ella señala a mi cicatriz, como pidiendo que le diga cómo me la hice: -Gato muy grande. Er… ¡leopardo¡

-¿Te atacó un leopardo?- pregunta la inglesa, incrédula. Yo asiento con la cabeza. La inglesa suelta un silbido, jugando con su cuchillo.

El silencio vuelve a caer como un manto tapando la jaula de un pájaro. Sigo preguntándome por qué mis padres me mandaron aquí. Supongo que se cansaron de mí. Siendo el más joven y rebelde no es raro que quisieran deshacerse de mí…

CONTINUARÁ…

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