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Día de reparto

"María era una mujer atrevida que no soportaba que la gente la tomase por debilucha y se había cortado el pelo tanto para enseñarle a la gente que llevar el pelo corto no era solo cosa de chicos"

María era repartidora de paquetes. Iba cada día a la oficina de correos para recoger los paquetes más grandes que los carteros no podían llevar y los llevaba a diferentes localizaciones.

Tenía el pelo muy corto - casi como un chico solo que un poco más largo- y siempre llevaba camisetas y pantalones largos. También llevaba una gafas redondas y partes de su pelo se las había teñido de azul. Conducía una furgoneta blanca en la que acababa teniendo que dormir de vez en cuando, que había llenado con fotos y donde incluso había colgado una hamaca donde poder echarse.

María aparcó la furgoneta en frente de la entrada de la oficina de correos y se bajó. Ya había un hombre esperándola a la entrada.

-¡Tienes mucho trabajo hoy!- anunció el hombre. María se encogió de hombros:

-Lo mismo de todos los días ¿no, Sam?

-Sí…

-Pues no será para tanto- dijo María.

-Vas a tener que conducir mucho- le dijo Sam seriamente.

-Lo hago siempre. Nada nuevo- contestó ella, y agregó: -solo porque sea mujer no quiere decir que no tenga paciencia ni fuerza.

-Eso no era lo que quería decir…-murmuró Sam.

María frunció el ceño: -Aún así necesitabas que te lo dijesen. Sam se enrojeció. María era una mujer atrevida que no soportaba que la gente la tomase por debilucha. Se había cortado el pelo tanto para enseñarle a la gente que llevar el pelo corto no era solo cosa de chicos. Llevaba ropa de hombre. Había gente que pensaba que estaba realmente loca, pero a María no le importaba lo que pensasen de ella.

Entró por la puerta de la oficina de correos. Sam se quedó donde estaba por un momento: ¡Qué mujer más desagradable!- se dijo antes de entrar detrás de ella. María ya estaba examinando los tres enormes contenedores que había en el suelo.

-¿Esto es lo que tengo que llevar hoy?- preguntó, mirándolos con curiosidad.

-Sí.

-Son… grandes- dijo llevándose la mano a la barbilla, como calculando el tamaño y peso.

-Sí, lo son- dijo Sam. María suspiró hondamente, se ajustó las gafas y asintió para sí misma:

-Bien. Llevémoslas a la furgo- dijo con determinación.

-¿Cómo que llevémoslas?- dijo Sam como desentendiéndose de los paquetes. María levantó una ceja:

-Me vas a tener que ayudar. Después de todo, tú trabajas aquí.

Los dos se observaron el uno al otro, como midiéndose. María tenía una expresión de “como no me ayudes te vas a enterar” en su cara. Al fin de un minuto, Sam apartó la mirada:

-Vaaaale. Te ayudaré- dijo. María asintió, satisfecha. Al cabo de unos quince minutos, los contenedores habían sido metidos en la caravana. María se sentó por fin al volante y encendió el motor. Sam se acercó a su ventana:

-Te mando la dirección- dijo, sacando su móvil.

-No, hombre. Puedo usar un mapa- dijo la repartidora. Sam la miró con cara de alucine al verla sacar un enorme mapa de la guantera del coche.

-¿Vas en serio? Vas a tardar tiempo en llegar con eso…¿no sería mejor que uses el navegador?- le preguntó Sam con cuidado, para no provocar otra vez el enfado de la chica.

-¡Bah! Eso es una tontada. Me dirijo perfectamente con un mapa. Al final váis a acabar todos sin ser capaz de orientaros ni a vuestra casa. Yo prefiero usar mi cabeza- le dijo María al ver la cara de extrañeza de su compañero, que alzaba las cejas de lo flipado que estaba.

-Tú mándame la dirección y eso es todo.

-Como quieras- dijo Sam con un suspiro. Pasó un minuto en silencio mientras Sam le mandaba la localización a María mientras ella preparaba el mapa. El teléfono de María vibró al recibir el mensaje, que decía:” Calle de la seta, Casa Roja, Salto del Conejo, Mato Blanco, ya sabes dónde”

-¿Es esto una broma?- Preguntó María . Sam se encogió de hombros.

-No. Eso era lo que ponía. Viene con un pin de Google maps…- dijo. María pensó por un momento.

-Supongo que tendré que usar Google Maps en vez de mi mapa, y eso que no me hace ni gracia. Pero semejante dirección es seguro que no figura - dijo, abriendo la aplicación con contrariedad. Sam le mandó el pin con una sonrisa de satisfacción en la cara, aunque desde luego la dirección no era normal.

María colocó su teléfono en el soporte, ya con la dirección introducida en la aplicación. Sam le hizo notar que era en medio de un bosque. María asintió y Sam se apartó de la furgoneta antes de que se pusiese finalmente en marcha.

-¡Chao!- se despidió María.

-¡Adiós!- le dijo Sam, pero María ya había subido la ventanilla y no le escuchó. Sam se quedó quieto, mirando a la furgoneta que ya se alejaba por el camino, preguntándose por el contenido de las cajas y por la extraña dirección.

Mientras tanto, María encendió la radio para llenar el silencio. Pasó una media hora y condujo sin novedad en dirección a su destino. De repente, le pareció oír un ruido, que al principio, ignoró. Pero después se puso un poco pesado y paró el coche al lado de la carretera para revisarlo. Abrió la puerta y bajó de un salto al suelo. Después miró las ruedas para ver si se habían pinchado. No. Estaban normales. El ruido volvió a sonar, y María se dio cuenta de que venía de detrás. Se dirigió a la parte trasera del coche y abrió las puertas.

Uno de los contenedores estaba abierto.

Registró el lugar, pero no vio nada. ¿Qué podría haber abierto el contenedor?

Después, algo muy extraño pasó: algo se acercó desde dentro del contenedor a la luz. Era pequeño, del tamaño de un conejo adulto, con una nariz redondeada y orejas puntiagudas. Tenía unos pies enormes y unas manos que tenían… ¿cuatro dedos? Lo más raro era su piel, que parecía tener textura de piedra, y algo de musgo por aquí y allí.

-Qué diablos…- María balbuceó con incredulidad, mirando a aquel ser irreal -¿Pero qué …?

-¡Siempre igual!- gruñó la criatura. María estaba ojiplática.

-Cada vez que un humano nos ve es la misma historia: -¡Ay! ¡Un nomo de jardín! ¡Pero si se mueve! ¡Chupilupi, que GUAY!- la criatura miró a María con cara de fastidio. Pero ella no podía hablar, su cerebro tratando de procesar lo que le mostraban sus ojos y oídos: definitivamente era un troll…o un enano…o quizás un gnomo… 

 CONTINUARÁ

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