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Día de reparto II

"María contó otras seis criaturas saliendo de sus escondrijos obedientemente, al tiempo que escuchó el graznido de un cuervo muy cerca"

María permaneció inmóvil y boquiabierta. El troll- o lo que fuese- se quedó mirándola con los brazos cruzados. Parecía estar esperando algo.

-¿Bueno?- pregunto este, levantando una ceja, -¿No piensas decir algo?

-No es normal…- dijo María en voz baja, como hablándose a sí misma y mientras pasaba una mano por su pelo -encontrarse con algo que se parece a un gnomo de jardín

-¿Pero tú de que vas?- el troll exclamó, sus ojos llenos de furia y dando un paso amenazador al frente, haciendo retroceder a María, quien había visto gnomos de jardín, en los jardines, pero no se parecían nada a esta… criatura. Después se percató de algo: él era mucho más pequeña que ella así que no sería capaz de hacerle daño y con este pensamiento en mente, María se acercó a la criatura:

-¿Y tú de que vas?- preguntó desafiante. El troll entrecerró los ojos, cruzando los brazos de nuevo.

-Así de que esas tenemos, ¿eh?- dijo, alzando un dedo. María levantó sus cejas y preguntó:

-¿Qué hacías dentro de mi furgoneta?

-Mira, vamos a hacer un trato: nos llevas de vuelta a casa, te olvidas de nosotros y te dejamos en paz. ¿Entendido?- dijo la criatura.

-¿Nos?- preguntó María. Algo no iba bien…

-¿Entendido?- repitió el troll. María alzó la mirada y vio que algo se movía dentro de la furgoneta. Volvió a mirar al troll, comprendiendo la situación.

-Vale. Pero tengo que saber cuántos de vosotros hay- dijo, tratando de ganarse la confianza del bicho raro al que le crecía musgo en los sobacos. El troll la miró investigando en los ojos de la humana para ver si se podía confiar en ella.

-Vale. ¡Chicos!- llamó finalmente el troll a sus compañeros. María contó otras seis criaturas saliendo de sus escondrijos obedientemente, al tiempo que escuchó el graznido de un cuervo muy cerca y se dio la vuelta: tres cuervos con pico de color dorado volaban hacía la furgoneta a toda velocidad. A María apenas le dio tiempo de salirse de su trayectoria y los cuervos finalmente se posaron en el suelo de la furgo: nueve bichos raros, contando a los cuervos. Se frotó los ojos como para tratar de ver bien y se pellizcó para despertarse de aquel sueño fantástico al ver que allí delante suyo seguían mirándola los nueve bichos imposibles. Inmediatamente se imaginó lo que diría Sam si los viera y se preguntó cómo es que él no se había dado cuenta del contenido de los contenedores…

Recordó de repente, que cuando era pequeña, su padre le contaba historias sobre the little people (la gente pequeña). Se trataba de seres diminutos que hacían trastadas y gastaban bromas a la gente. Ahora que María los veía, no estaba segura de si eran realmente amigables.

-¿Contenta?- preguntó el primer troll.

-Supongo que…- empezó a decir María, pero el troll le interrumpió.

-Pues vamos.- dijo, dándose la vuelta. -Volved a las cajas y proteged lo que haya dentro. Nina lo necesita- les dijo a los troles. Estos se metieron dentro de los contenedores, entrando por entradas escondidas que María no había visto antes. Los cuervos salieron volando.

-Y yo- le dijo el troll a María, -estaré con usted, señorita entregapaquetes.

-Entendido, capitán- gruñó María en voz baja, pensando que colaborar con el troll sería más provechoso, y cerrando la puerta trasera. Se fue a su asiento, abrió la puerta y dio un grito pequeño pues ya la criatura se había acomodado en su asiento …¿Cómo era que el troll había llegado antes que ella?

-¡Prisita!- el troll la apuró, sentándose en el asiento del acompañante. ¿Qué más podría ir peor?-pensó María, tratando de adelantarse a todos los inconvenientes de llevar un troll en el asiento del conductor, como que los parase la policía o los viese álguien y en la explicación imposible que tendría que dar. Quizá estuviesen protegidos por lei; quizá sería considerado tráfico de… troles… De repente se sacudió la cabeza dándose cuenta de que tenía pensamientos estúpidos: ¿tráfico de troles? My God!

Un cuarto de hora después , y sumida en sus pensamientos altamente ridículos, María no conversaba con el troll. Ni se atrevía a mirarlo. Su cabeza estaba llena de preguntas: ¿De dónde habían salido?¿A dónde iban? Espera, pensó María, eso tiene respuesta. A la casa roja en ya sabes dónde. ¡Vaya nombre! María se trató de concentrar en la carretera, siguiendo el navegador. El troll tampoco hablaba. Era una de las pocas veces en las que se dejaba ver por un humano y a él no le gustaba para nada. El olor de los humanos les produce arcadas a los troles.

-¿Tienes nombre?- María le preguntó finalmente, para romper el silencio, que ya resultaba incómodo.

-¿Por qué crees que te lo diría?- contestó el troll. María frunció el ceño, dirigiéndole una mirada breve.

-Si vamos a estar en mi furgo juntos, será mejor que cambies tu actitud hacía mí- dijo. El troll se quedó callado por un momento.

-Gilva- dijo finalmente.

-Er… ¿Qué?- pregunto María, confusa. El troll suspiró exasperadamente.

-Mi nombre. Gilva- aclaró.

-Ahhh, vale. Entiendo.

-No lo parece- dijo Gilva, cruzando los brazos.

-Otro nombre para ti podría ser Gruñón- comentó María. Gilva le dirigió una mirada que decía “estás buscándote un problema conmigo”.

-Vale, vale. Perdón- intentó María aclarar el ambiente.

Pasaron unos minutos más en silencio. María no estaba segura de qué decir. Se limitaba a seguir las instrucciones del navegador, que ahora la llevaba por una zona arbolada, al comienzo de un bosque más espeso.

-¡Por ahí!- dijo Gilva señalado con el dedo hacia el camino del bosque.

-¿No se va a rascar la pintura de la furgoneta?- preguntó María nerviosamente al ver cómo el camino se estrechaba. Hubo un silencio corto.

-Sí. Pero ¿qué importa?

-¡Pues que tendré que pagar lo dañado!- exclamó María enfadada, pero aún así se metió por donde le dijo Gilva, sabiendo que si no lo hacía el troll se enfadaría mucho. Y sabiendo que había unos seis más detrás, María no tenía planes de enfadarlo. Se ajustó las gafas, dándose cuenta de que acababan de entrar por un camino de tierra. Este camino era un poco más amplio aunque no estaba asfaltado. Respiró hondo porque la furgoneta pasaba bien y no se rayaría.

-Sigue el camino- indicó Gilva y María obedeció, conduciendo lentamente.

Condujo por algunos minutos más, sintiendo una excitación muy fuerte. ¡Estaba a punto de descubrir lo que era la casa roja en ya sabes donde!

-Para aquí- Gilva ordenó.

María paró, tratando de posicionar la furgoneta al lado del camino; puso el freno de mano, apagó el motor, comprendiendo que habían llegado a su destino y miró en dirección al troll.

¡El troll ya no estaba en su asiento! María dio un brinco, saliendo de la furgoneta y cuando abrió las puertas traseras, los contenedores ya no estaban allí. 

.FIN.

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