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Dos gatos en Londres

"Somos dos gatos siameses que fuimos abandonados hace ya tiempo; los Humanos son criaturas crueles que solo están concentradas en hacer el mal al resto"

Mi nombre es Hera. Mi hermano gemelo se llama Apolo. Somos dos gatos siameses que fuimos abandonados hace ya tiempo. Los Humanos son criaturas crueles que solo están concentradas en hacer el mal al resto. Londres es una ciudad gigante, poblada por millones de humanos. Lo mejor que se puede hacer es sobrevivir. Apolo es el gato amoroso y abierto, mientras que yo soy… bueno, soy exactamente lo contrario. No me gustan los humanos. Tampoco me acerco a otros gatos. Me siento responsable de mi pobre hermano. Si algo le pasase, estaría perdida. Porque le habría fallado a él, a nuestra madre y a mí misma.

-¿Hera?- preguntó Apolo, levantando la cabeza del charco de agua del que había estado bebiendo - pareces muy pensativa.

-Estaba preguntándome a dónde iremos hoy- le dije. Apolo ladeó su cabeza.

-¿Sabes una cosa? Ya no soy un gatito- me dijo lentamente - me gustaría que visitásemos más partes en este lugar. Hemos estado aquí durante tanto tiempo… y ya no queda nada nuevo por ver.

Se me aceleró el corazón al oír aquello, aunque era algo que antes o después acabaría pasando: que el pequeño cachorro se haría mayor y querría más libertad y experimentar el mundo más allá de nuestro callejón.

-Apolo, hay un montón de cosas peligrosas en la ciudad. Si anduviésemos por allí, sin saber qué cosas terribles nos esperan, seríamos unos inconscientes…

-Si, lo entiendo- dijo Apolo con desesperación y poniendo en blanco los ojos- pero estoy más que harto de este lugar. Los gatos aquí no quieren conversar, no hay nada nuevo, nada bonito. ¡Imagínate poder adentrarse en la ciudad y ver cosas nuevas! Hera, piensa en ello.

Me quedé mirando a mi hermano con ojos firmes, sabiendo que no había nada que hacer al respecto y que tendría que ceder. Apolo bajó la mirada con un suspiro.

-Iremos, pero tienes que quedarte cerca y obedecer todo lo que te diga- le advertí. Apolo, entusiasmado, se levantó de un salto, su cuerpo sacudiéndose de la energía contenida durante tanto tiempo.

-¡Pues vámonos!- dijo, corriendo hacia la entrada del callejón. Le perseguí, con una enorme duda en mi cabeza ¿Estaba cometiendo un gran error al cumplir su peligroso deseo?

-Hera, ¡venga!- maulló mi hermano con entusiasmo. Yo me apresuré a andar a su lado, que resultaba difícil porque el gato era como un fuego artificial (os preguntareis cómo sé lo que es un fuego artificial… aunque todo gato los conoce y los odia, gracias a vosotros, los humanos.)

-¡Apolo, espérate!- le dije.

-No puedo, Hera. Esto es maravilloso. ¡Por fin sabré como es el mundo!- dijo mientras hacía piruetas en el aire. De repente una sombra cruza la pared y se oye una voz de gata que pregunta:

-¿No sabes cómo es el mundo?

La gata tenía el pelo marrón y rayas de tigre. Salió de dentro de un contenedor de basura al oír a mi estúpido hermano. Esto podría significar problemas.

-¡Eh! ¡No te acerques a mi hermano!- siseé, corriendo hacia él. La gata bostezó y se lamió una pata con aire aburrido.

-No me interesan un par de gatos raros- respondió mirándonos con sus ojos inteligentes -y mucho menos para la cena.

-Ni un paso más- le advertí, haciendo que Apolo retrocediera conmigo. La gata saltó fuera del contenedor con agilidad, observándonos con curiosidad.

-¿O que?- preguntó. ¡No estarás amenazándome! Mira que compararme a mí con vosotros dos, pequeñajos y debiluchos. No podríais ganar contra una adversaria como yo- nos adivirtió.

-¡Pero yo no quiero pelear! Dijo mi estúpido hermano, acercándose a ella.

-¡Apolo!- le chillé, sintiendo una chispa de miedo. Esto era una mala idea. Muy, muy mala.

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La gata se sentó, y nos observó muy atentamente, sabiendo que no éramos una amenaza.

-¿O sea que nunca habéis visto Londres?- preguntó, curiosa.

-Primera vez.- afirmó mi hermano cruzando los dedos en señal de promesa.

-¡Apolo!- le recriminé. Mi hermano nos estaba exponiendo demasiado, dándole ventaja a la gata, queien se levantó, desperezándose. Apolo y yo retrocedimos, asombrados por los músculos esbeltos que tenía la felina.

-Impresionantes, ¿A que sí?- dijo la gata, enderezándose con elegancia -Yo conozco Londres mejor que cualquier otro gato. Con gusto os ofrezco disfrutar de una excursión guiada por mí- nos dijo mientras se lamía una de las patas.

-Eso sería…- empezó a decir Apolo.

-Una tontería- le interrumpí - ¡Apolo, esta gata puede ser peligrosa! ¡No la conocemos de nada!

-Hera, esta gata ha sido amable hasta ahora- argumentó mi hermano, desafiante.

-Apolo ¡No me contradigas! -le ordené.

-Hera, no eres mi madre. ¡Dáme un respiro! No seas tan mandona. Ya te lo he dicho antes. No soy un gatito y tú no puedes mandarme- gruñó Apolo, enfadado. Se me erizó el pelo.

-¡No me hables así!- le contesté airada, dispuesta a abortar nuestra misión exploradora. Apolo frunció su ceño:

-Sabes que es verdad. Mira, te quiero, pero quiero descubrir más cosas y tu no me dejas- dijo -eso me hirió. - Me estas apartando de lo que quiero. Lo que necesito. Y si me disculpas, ahora me voy a ir con esta gata a descubrir el resto de Londres, te guste o no.

Se me abrió la boca de estupefacción y la cerré avergonzada. Era evidente que ya no tenía el control de la situación.

-Como tú quieras- dije fríamente. Apolo se irguió con orgullo y se dirigió a la gata, que nos había estado observando la refriega familiar con interés y por lo visto, con satisfacción.

-¿Me enseñas la ciudad?- preguntó Apolo. La gata esbozó algo equivalente a una sonrisa humana.

-Con gusto. ¿Vendrá con nosotros…?- empezó a preguntar mientras me señalaba.

-Obviamente. No creas que te puedes deshacer de mí tan fácilmente – les dije a los dos, que me devolvieron una mirada fría.

La gata comenzó a andar hacía la salida, que nunca habíamos cruzado antes . Ahora, a punto de cruzar esa barrera, supe que los días de seguridad y tranquilidad habían quedado detrás de nosotros. Que quizás acabaría fallándole a mi madre después de todo.

Continuaá... 

Por Proída

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