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La guardiana del museo II

"El día siguiente, no hubo nada que los manifestantes pudiesen hacer cuando llegó el gobierno con sus máquinas"

Raúl miró por la ventana para ver a los manifestantes en la calle. Era alto, como yo, y tenía pelo negro como la noche. Mis padres le llamaban gamberro por sus ideas disparatadas y peligrosas, que ponía en práctica. Tenía quince años.

Yo metía varias cosas dentro de mi mochila rápidamente.

-Prisa, Paula- dijo Raúl, cerrando las cortinas. Colgué la mochila en los hombros y me puse unas zapatillas.

-¡Lista!- dije, atándome el pelo.

-Pues vamos.

Raúl se puso su riñonera y salió por la puerta. Yo le seguí, sintiendo adrenalina correr por mis venas. Lo que estábamos a punto de hacer era arriesgado y un poco peligroso. Bueno. No lo era para Raúl. A él le parecía que salir por la ventana no era un peligro. Al contrario, le parecía una actividad divertida.

-Por aquí- dijo, entrando en su cuarto, que era un desastre: había ropa tirada por el suelo, cajas de cartón para la mudanza y otras cosas más que a nadie le agradaría saber. Entró a zancadas dentro del cuarto y abrió la ventana. Yo sentí como una rafága de aire entraba en la habitación al abrir la ventana.

-Yo primero, después tú- dijo Raúl.

-¡Ni de guasa voy a saltar de una ventana!- exclamé, evitando pisar un trozo de pizza en suelo (¿Cómo acabó ahí? ¡Se suponía que nuestros padres no le dejaban comer en ninguna parte de la casa que no fuese en la cocina!)

-No seas aburrida- dijo Raúl, sonriendo como un loco. Yo gruñí, indignada:

-NO lo estoy siendo! Solo tengo cuidado de no matarme haciendo una estupidez como esa!

-Yo bajaré primero. Después te esperaré abajo- replicó mi hermano, ignorando completamente mis palabras.

Raúl se subió a la ventana. En la luz del sol poniéndose, parecía una figura espectral.

-No te olvides de la linterna- dijo. Exhaló y gritó: ¡GERÓNIMO! Antes de tirarse de la ventana y desaparecer de mi vista. Corrí a la ventana, ahogando un grito. En la poca luz que quedaba, vi a Raúl saliendo del matorral justo debajo. Miré más fijamente y descubrí una colchoneta colocada dentro del matorral. “Así que esta no es la primera vez que se tira” pensé. ¡Qué nervio tenía mi hermano!

-¡Tu turno!- chilló desde abajo.

-¡Calla, hombre! Vas a llamar la atención de algún vecino.

Con el corazón latiendo a mil por hora, me subí a la ventana. No podía respirar normalmente cuando posé las manos sobre el marco. El viento sopló más fuerte, moviendo mi pelo alrededor de mi cara. Metí la mano dentro del cuarto y cogí la linterna posada en la mesa, metiéndola en mi bolsillo. Raúl me miraba, esperando.

-¡Allá que voyyyyyyyyy!- la última palabra salió como un grito. Caí hacía el suelo, apenas teniendo tiempo para enroscarme en una bola. Caí sobre la colchoneta fuertemente. Quedé sin aliento al desplomarme sobre el plástico frío. Algo era algo. No estaba muerta.

-¡Ala!¿Estás bien?- preguntó Raúl, ayudándome a levantarme.

-Nunca me he sentido peor- dije, sintiendo náuseas.

-No seas tan exagerada- Raúl sonrió, pero la sonrisa burlona se le quitó en cuanto vio salir mi cena por la boca:

-¡Qué asco!- Raúl se quejó otra vez después de muchas, volviendo a pasar el zapato por la hierba.

-No fue mi culpa que vomitase en tus pies- le contesté, enfadada y malhumorada.

-¿Qué me quieres enseñar?- le pregunté, sin poder contenerme más. Raúl soltó una carcajada tan alta que unas personas en un bar se giraron para mirarnos.

-¿Ya se te olvidó el enfado, hermana?- preguntó, y antes de que yo pudiese decir algo, Raúl siguió hablando: Lo que te voy a enseñar es un secreto que he tenido desde los diez años. Cuando tu tenías ocho años, nuestros padres te prestaban mucha atención. Había veces que hasta sentía que me ignoraban. Como si se hubiesen olvidado de mí. Era como cuando nació Carlos hace tres años, ¿recuerdas?- hablaba sobre nuestro hermano menor, que en aquellos momentos estaba en casa de nuestros tíos.

-Sí. Lloraba porque Carlos conseguía toda la atención de papá y mamá- recordé yo.

-Pues así me sentía yo -añadió- solo que no lloraba. Un día, me enfadé con mamá. Le grité, diciéndole que no me quería y que deseaba no ser hijo suyo. Claro, era tan idiota que ni siquiera lo decía en serio. Salí corriendo de casa y no volví hasta el día siguiente. ¿Lo recuerdas, Paula?

-Como no- dije yo. Recordaba a mamá llorar sin parar, y que ella misma salió en busca de Raúl. Pero no le encontraron hasta que él mismo volvió a casa, con la cara llena de cortes y su ropa sucia.

Llegamos a la ruta que llevaba al lado del pequeño bosque. Raúl encendió su linterna, gesticulándome para que hiciese lo mismo. Saqué la linterna de mi bolsillo y la encendí. Raúl comenzó a andar, y yo le seguí.

-Pasé la noche aquí- dijo él, dirigiéndose a un árbol cuyo tronco era inmenso .Conseguí subir y me quedé ahí, escuchando de vez en cuando pasos por debajo. Nadie se le ocurrió mirar arriba. ¿Cómo podría subir un niño de diez años un árbol tan alto? Y aquí tienes la respuesta.

Raúl dio la vuelta al tronco. Yo le seguí, pero no le encontré detrás del tronco.

-Estoy aquí, Paula.

Salté de susto, mirando hacia arriba. Raúl estaba sentado en una rama justo encima de mí. Sonrió a la luz de mi linterna, sus ojos brillando como los de un gato.

-¿Y qué tiene que ver esto con el museo?- pregunté yo.

-Sube y lo verás. Por la entrada.

Miré a la izquierda y vi un agujero hecho de ramas y raíces en el tronco. Raúl me ayudó a subir, agarrándome de la mano. Los dos nos quedamos mirando al árbol, Raúl con una con una sonrisa y yo frunciendo el ceño: el agujero conducía hasta un túnel que parecía no tener fin y de unas dimensiones imposibles para aquel árbol, que aunque era inmenso, nada hacía imaginarse el tamaño de aquella oquedad interior.
Raúl empezó a explicarme el plan:

-Verás, el gobierno no solo quiere demoler el museo. También quiere quedarse con lo que hay dentro para venderlo y conseguir dinero para el dichoso hotel.

-¿Vas de broma?

-No. Nuestros padres no te lo contaron, ¿verdad? Aquí podemos esconder lo más valioso y después llevarlo con nosotros a la casa nueva, así evitando que esas piezas de nuestro pasado sean perdidas y desperdiciadas.

-Me encanta la idea, ¿pero cómo vamos a convencer a papá y a mamá?

-Ya lo he hecho.

-Eres el mejor, Raúl.

El día siguiente, no hubo nada que los manifestantes pudiesen hacer cuando llegó el gobierno con sus máquinas. Fue triste, pero sabíamos que las piezas más valiosas de nuestro museo estaban sanas y salvas (quizás un poco viejas a causa de tener más años que todos nosotros) en el tronco de un árbol. Lo peor que podía pasar ahora sería que una ardilla decidiese anidar en uno de los viejos jarrones celtas que atesoraba. Pero confiad en mí. Eso no va a pasar. 

FIN

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