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La imaginación de Lila

"Era un dibujo de Altomuro en llamas, increíblemente detallado, con las personas del pueblo quemándose y pidiendo auxilio"

Altomuro era una pequeña aldea no muy lejos del mar. Lila vivía allí con sus padres. A Lila le encantaba inventarse historias para pasar el tiempo, y a veces iba al pequeño bosque en el borde de Altomuro, aunque a veces su imaginación la llevaba demasiado lejos.

-Mamá, ¡conocí a un niño en el bosque!- le contó a su madre un día.

-¿Sí?¿Y cómo se llama?- le respondió su madre.

-Albert. No tiene ojos y le falta el dedo índice- le explicó Lila con entusiasmo. Su madre se creyó la historia de su hija y acabó alertando a toda la aldea antes de darse cuenta de que era sólo una historia. Albert era otro producto de la imaginación de Lila.

Mientras Lila iba creciendo, veía como todo el mundo tachaba de mentiras sus historias, que en su imaginación eran hechos probados.

-Yo no cuento mentiras. Yo cuento historias- le decía a la gente. Pero nadie la creía.

Y la incredulidad de la gente acabó por costarles la vida.

Todo empezó un cálido día de agosto. A sus doce años, contaba historias sobre fantasmas y marineros ahogados que la visitaban por la noche; sobre los animales del bosque con quienes hablaba, como osos amigables y lobos parlantes, liebres en chalecos y un búho fumando una pipa; sobre máquinas del tiempo e instrumentos que controlaban el viento. Y, como siempre, todos decían que eran mentiras.

Ese día llegó tarde a clase. Su maestra le recibió con ojos fríos:

-¿Y por qué llegas tarde hoy?

-Ayer estuve con el oso, señorita. Llegué tarde a…- su profesora la interrumpió:

-No tenemos tiempo para tus mentiras, Lila.

Algunos de los niños se rieron, y Lila enrojeció.

-Ahora vete a tu lugar.

Lila se dirigió a su asiento, detrás de un chico llamado José. Una vez que la maestra empezó la clase, este se inclinó hacia Lila:

-Pues vaya pedazo de mentira has contado hoy.- Le susurró.

-¡No es una mentira!- Aclaró la niña.

-¡Prestad atención!- dijo la maestra. Los dos pusieron su atención en la pizarra, terminada la pequeña conversación.

Un poco más tarde, después del colegio, José alcanzo a Lila mientras ella se iba a casa.

-No eres buena mintiendo- le dijo.

-Te lo repito: yo no miento, sólo cuento historias- le respondió con enfado, dándole una patada a una roca. José sonrió.

-Yo sí que te voy a enseñar una historia verdadera- sacó de su bolsillo una hoja de papel y se la dio a Lila, antes de desaparecer.

Era un dibujo de Altomuro en llamas, increíblemente detallado, con las personas del pueblo quemándose y pidiendo auxilio; las casas humeantes y sin techo ni paredes; los perros intentando soltarse de sus cadenas... Su corazón se estaba desbocó ante la visión de la escena representada en el dibujo. ¡Comprendió que se lo tenía que enseñar a alguien!

Y corrió a su casa para enseñárselo a sus padres… pero ninguno de los dos prestó atención, por mucho que les imploró. La llegaron a castigar en su cuarto. No había nada que hacer. Comprendió que la única salida era la ventana, y se fue al bosque, llorando. Se internó entre los árboles y desapareció. Unos dijeron que probablemente se habría despistado y perdido; otros, que los animales salvajes la podrían haber devorado. Pero nadie llegó a saber la verdad. No tuvieron tiempo: esa misma noche, Altomuro fue pasto de las llamas. No quedó nada.

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