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Usted está aquí

La madre

"Alan Quendric aparcó su Ferrari en el aparcamiento VIP, salió del coche, se atusó el pelo y se encaminó hacia la entrada"

Alan Quendric conducía por la carretera a la máxima velocidad permitida. Su teléfono comenzó a vibrar. Quendric lo miro, viendo quien lo llamaba. Era del hospital.

“¿Qué habrá hecho esta vez?” se preguntó antes de aceptar.

 

-¿Es usted el señor Quendric?- preguntó una voz.

-Sí. Soy el hijo de uno de sus pacientes.

-Precisamente le iba a llamar. Yo soy Gus Guitérrez, el supervisor de la paciente. Su madre… dice cosas raras.

-Siempre dice cosas raras- contestó Quendric rodando sus ojos – y por eso mismo la ingresé en el hospital. No tiene bien el cerebro, eso es lo que pasa.

-¿Está de camino, señor? Sería mejor si viniera a verla usted mismo.

-Sí. De hecho había decidido ir a visitarla mañana, pero mejor que vaya hoy.

-Buena idea, le veré aquí entonces.

Alan Quendric ya tenía treinta años, y trabajaba en una compañía privada desde hacía un tiempo. Siempre iba vestido de camisa y corbata, su pelo cortado pulcramente. Conducía su Ferrari azul cuando vio el indicador que decía hospital, cinco kilómetros. Dio un giro, saliendo de la carretera que llevaba por el bosque. Quendric pudo ver el hospital en la distancia. Era un edificio grande, con muros blancos y ventanas pequeñas.

Aparcó su Ferrari en el aparcamiento VIP, salió del coche, se atusó el pelo y se encaminó hacia la entrada. Se dirigió a la recepción y una mujer con cara aburrida le atendió desde detrás de la mesa, sin sacar sus ojos del teléfono.

-¿Está aquí el doctor?- Preguntó Quendric.

-Hay un montón de doctores aquí, señor - dijo la mujer, aún sin levantar la vista de su teléfono.

-Gus Guitérrez- Quendric aclaró, con cierta impaciencia. La mujer levantó por fin la mirada y señaló detrás de él. Quendric se dio la vuelta y vio a un hombre hablando con una enfermera.

-Gracias- dijo Quendric mientras se dirigió hacia el hombre.

-¿Usted es el doctor Guitérrez?- le preguntó al hombre.

-Sí. Ah, usted es Alan Quendric ¿no?- dijo este sonriendo. Extendió una mano, que Quendric tomó. La sonrisa se borró en un instante. Quendric frunció el ceño.
-Vine a ver a mi madre…¿Dónde está?

-Por aquí, señor.

Guitérrez lo llevó por varios corredores hasta llegar a una sala pequeña con varias puertas. Había algunas enfermeras y pacientes. Los pacientes eran personas mayores; algunos estaban acostados en sus camas y otros levantados, mirando a través de la ventana. Quendric miró a su alrededor y vio también a dos personas más jóvenes: una adolescente dormida en su cama y un hombre, quizás de su misma edad, que comía pure. Quendric no podía ver a su madre por ningún lado.

-¿Y mi madre?- preguntó. Guitérrez lo llevó hacía una de las puertas, etiquetada 'Psicóticos'; sacó una tarjeta de su bolsillo y la pasó por el escáner. Quendric miró interrogativamente al médico, quién aclaró:

-La última vez fue capaz de escapar. Aunque tenga el cerebro mal, aún es inteligente- explicó el doctor, abriendo la puerta; entró, con Quendric detrás y la cerró, guardando la tarjeta otra vez. El cuarto tenía una cama y una mesilla de noche, y se completaba con una alfombra en el medio. Los muros estaban llenos de garabatos. Parecían haber sido dibujados por niños pequeños.

-¿Y mi madre?- Quendric preguntó, mirando alrededor de él.

-¡La ventana! ¡Está abierta!- gritaron los dos hombres a la vez, y corrieron hacia la ventana.

-¡No me diga que escapó! -le espetó Quendric al médico.

No se dieron cuenta de que la mujer, de cierta edad pero todavía atractiva, permanecía inmóvil, colgada en una tubería del techo del cuarto. Su extremada delgadez y aspecto débil no harían pensar que fuese capaz de semejante acrobacia. Sus ojos negros, abiertos y sin pestañear mientras esperaba a que se marchasen los dos hombres, le daban aspecto de animal salvaje. El piercing en forma de aro de su nariz le daba aún más el aspecto de rebelde que su hijo tanto detestaba.

Alan Quendric iba de un lado al otro del cuarto, tratando de averiguar dónde estaría su madre, buscando pistas.

-¡Hay que encontrarla!- exclamó con enfado. Miró debajo de la cama y la mujer se sonrió para sí misma. No la encontrarían. Guitérrez sacó la tarjeta, abriendo la puerta. Los dos hombres salieron… dejando la puerta abierta detrás de ellos. La mujer esperó hasta que sus voces se fueron alejando y bajó del techo. La ventana había sido una idea perfecta, pensó con satisfacción. Salió del cuarto y comprobó que las enfermeras ya no estaban. Solo quedaban los pacientes. Entonces se dirigió a la puerta y salió de la sala, andando ligeramente por los corredores. Llegó a la recepción, donde Quendric y Guitérrez hablaban con un hombre vestido en negro. En su bata blanca, la madre de Quendric salió del hospital.

Alan Quendric oyó que la puerta se cerraba y se giró a para verla salir a la calle.

-¡Es esa! Empezó a decir Guiterrez, cuando Quendric ya había salido corriendo detrás de su madre.

La mujer oyó algo, y se giró para ver que su hijo la perseguía gritando:

-¡Vuelve!

-¡NUNCA!- Contestó ella, cruzando la calle y casi siendo atropellada por un camión que pasaba. Su madre. El camión. Quendric gritó desmayadamente, a punto del infarto pero el camión prosiguió, y su madre desapareció. Corrió frenéticamente buscando a su madre, pero esta, simplemente se había esfumado.

La mujer sonrió ampliamente desde su sitio en el camión. Cuatro años de hospital y de medicinas. Cuatro años de tortura, y por fin ahora era libre. Se sentía orgullosa de sí misma, mirando cómo su hijo la buscaba aún en la calle. Nunca, nunca, la atraparían y retendrían en otro de esos cuartos sofocadores de hospital. Prefería mil veces morir libre. Por eso se dirigió a los bosques, donde encontraría protección de los hombres, a quienes ahora veía como seres amenazadores. Incluso ni su amado hijo era capaz de entender nada. Todo lo achacaban a su locura.

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