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Miedo

"Intento consolarme pensando que mi sacrificio salvará a los demás pero no puedo evitar dejar caer un reguero de lágrimas y sentir una pena inmensa por todo lo que se ha perdido, mis padres incluidos…"

Mi corazón late con rapidez. Ando hacia atrás, viendo como la criatura sacude la cabeza. Es gigante, con piel roja y patas de garras puntiagudas. Mueve de lado a lado su larga cola, levantando una gran polvareda. La cabeza de la criatura tiene dos cicatrices y me parece ciega de un ojo. Una cadena ciñe su pata derecha. Miro a Diana, que luce una sonrisa de satisfacción.

-No me lo puedo creer- me digo. ¿De verdad espera que pelee con este monstruo?

-Todo lo que tienes que hacer es coger la llave. ¡Buena suerte! -anuncia Diana, desde su asiento.

La criatura avanza hacia mí lentamente, observándome. Recuerdo que una vez mi madre me enseñó una fotografía de un animal semejante. Son Fieras del Fuego, o como mi madre las llamaba, 'Ceniza de sangre'. No sé de dónde salieron los nombres, pero tengo la sensación de que estoy a punto de descubrirlo.

La Ceniza da otro paso, bajando la cabeza y mirándome sus ojos ámbar. No debo mostrar miedo, así que doy un paso. Y otro. La criatura gruñe, avanzando en mi dirección. Paro de andar. La Ceniza también, inclinando la cabeza como un cachorro confuso. Sonrío. Ya sé qué hacer. Es como un juego: debo de reflejar sus movimientos: avanzo un paso, y la Ceniza también. Paro de andar, y ella hace lo propio, observándome. La gente que nos mira aguanta la respiración.

Ya la veo: la llave cuelga del cuello de la Ceniza .Echo a correr. La Ceniza hace lo mismo, hacia mí. Estamos muy cerca cuando me caigo al suelo y me deslizo por la arena. Agarro la llave y de un tirón se rompe la sujeción. La Ceniza ruge, pierde su equilibrio, se cae y la cadena se enreda: ahora no se puede mover. Me levanto, sosteniendo la llave con mi mano alzada para que todos vean.

Después de un silencio prolongado en las gradas, alguien empieza a aplaudir. Y pronto el estadio se llena de aplausos y gritos. Diana deja que siga un momento antes de levantarse y alzar su mano. Cae una manta de silencio sobre la gente.

-Has pasado la primera prueba- anuncia. Parece calmada, pero yo, que soy su hermana, sé que en realidad está furiosa. Se lo veo en la cara.

-Pasaremos a la siguiente prueba, a la que he bautizado como 'Coqueteando con la muerte', en vista de que te mereces un rival a tu nivel.

Entran los guardias para llevarse a la Ceniza (que lanza zarpazos a quien se acerque demasiado) y a mí me sacan del estadio.

-Siéntate aquí- me dice uno de ellos, señalando a un banco. Me siento, agarrando la llave. Sé que estoy viva de milagro y que no continuaré así por mucho más tiempo. Mi hermana me quiere muerta para tener el control total. Sólo se divierte torturándome y sé que me espera un gran sufrimiento. Intento consolarme pensando que mi sacrificio salvará a los demás pero no puedo evitar dejar caer un reguero de lágrimas y sentir una pena inmensa por todo lo que se ha perdido, mis padres incluidos…

Estoy en estos pensamientos cuando la hidra, como he bautizado a mi monstruosa hermana Diana, hace su aparición, esta vez llevando la corona de nuestra madre, la mía, dice una voz en mi cabeza. Me doy cuenta de que le sienta bien y luce hermosa, pero no puede ocultar su maldad.

-¿Planeas morir? -pregunta.

-No- le contesto desafiante.

-¡Eres tozuda hasta para eso! Contesta.

- Sí, pero no malvada y estúpida, como tú, lo cual es un alivio.

Sé que mis palabras le molestan mucho porque justamente nuestra madre solía decirle lo mismo cuando le tenía que reprender por uno de sus múltiples actos de crueldad. Pero no muestra sus emociones porque se siente vencedora y eliminándome sabe que dejará de oír estas verdades en su cara.

-Buena suerte. Muriendo - aclara Diana, yéndose.

Me quedo sola y después de un tiempo llega álguien.

-Para la siguiente prueba necesitaras esto.- dice un guardia entregándome un escudo y una espada. Parecen buenas armas.

-Nunca he usado una arma…-le digo. El guardia me mira.

-Me temo que tendrás que improvisar.

Me empujan de vuelta al estadio. Esta vez no hay silencio. La gente aplaude y grita, llena de excitación y sed de espectáculo. Diana me mira desde su asiento con veneno en sus ojos. Quiere que muera. Pero eso no va a pasar pronto. Agarro la espada fuertemente, poniendo el escudo en frente de mí. Es una suerte que mi padre me enseñase a usar el cerebro. Las puertas se vuelven a abrir. Mi corazón late rápidamente. Tengo miedo. Pero debo de suprimirlo. Puedes ser fuerte si reconoces tu miedo, me dijo mi padre una vez, úsalo como escudo.

CONTINUARÁ

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