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Un reino caído

Continúa la historia de la pequeña ladrona Aster, quien ahora corre peligro por sus habilidades supernaturales

Ante una situación que no pinta nada bien, me armo de valor y hablo:

-No quiero ser grosera, ¿pero quién diablos eres?- El hombre se ríe con un sonido rasposo, y admito que en este punto estoy asustada, bastante asustada.

-El general.- dice, con una mueca en su cara.

-Perfecto. Ahora una pregunta. ¿Me vas a decir qué diablos quieres de mí?- Hay un silencio. El general se inclina frente a mí, mirándome fijamente a los ojos.

-Aster. No me grites de esa forma. Cosas muy malas te pasarán como sigas así.- dice en mi cara. Yo le miro con arrogancia.

-Dime, ¿Qué tipo de cosas?- le desafío. Temo que me vaya a pegar, o que me grite. Pero lo que hace es sacar una vara pequeña.

-Esto no haría daño a una persona normal. Pero a ti sí. Haría que tus músculos se sintiesen como si estuviesen electrocutados. Gritarías tanto que te quedarías sin voz por un momento-. Mueve la vara arriba y abajo, y yo la sigo con mis ojos.

-No me lo creo.- Sé de mis habilidades para ocultar mis sentimientos y decido hacerme la valiente. Aunque sí le creo capaz de torturarme, aun sin entender a qué se refiere con normal. ¿Acaso yo no soy normal?

-Probemos un poco-. Estira la vara y me da un golpecito en la cabeza.

Un pequeño golpe, e inmediatamente mi piel me empieza a doler, mis huesos parecen romperse, mi corazón parece pararse… Y así como el dolor se presenta repentino, desaparece. Me caigo al suelo, el sudor me cae por la frente, respiro con dificultad.

-¿Y bien?- el general pregunta. No respondo.

-Señor, el otro se acaba de despertar.- dice un soldado.

-¡Traédmelo!- ordena el general, girándose. Me incorporo, sentándome. ¿También capturaron a otra persona? ¿De qué va este hombre, capturando a la gente? El soldado se va con otros dos.

-Es gracioso que aún queden personas como vosotros dos-, dice el general con una carcajada. De repente deseo tener un cuchillo en mi mano. No tengo ni la menor idea de qué habla. Los soldados vuelven, arrastrando a una persona. Su pelo negro le cubre la cara, y sus pantalones están desgarrados. Le tiran al suelo, y él se levanta un poco.

-¿Que está pasando?- pregunta, apartándose el pelo de la cara. Me cubro la cara con una mano y exhalo. Este es el chico que me dio la moneda en medio de la calle. Y aparentemente estos hombres (locos) también le han atrapado. Me rio nerviosamente.

-¿Qué queréis?- Pregunto con desesperación. El general frunce el ceño.

-Creía que eras más lista que esto, Aster. Eso me decían mis espías.

-Soy lista, si, pero acabo de llegar y no tengo ni idea de qué queréis- contesto. El chico que me dio la moneda está boquiabierto.

-Tú, otra vez.- dice en voz baja.

-Vaya sorpresa.- digo yo sarcásticamente.

Media hora después, nos arrojan dentro de las celdas. Al principio, yo gritaba y daba vueltas. Pero ahora me siento en frente de la puerta sin hacerle ningún caso al chico, que permanece detrás de mí. Esta gente me ha arrancado de mi mundo. Cuando sea capaz de salir de aquí, voy a…

-¿Me vas a decir tu nombre?- pregunta el chico. No lo miro. -Si voy a estar aquí, al menos podría saber tu nombre.

-¿Y qué te va a importar?- respondo. Escucho su resoplido.

-No me importa. Pero sería agradable saber tu nombre en vez de llamarte chica sin un nombre, ¿no crees?- eso me hace reír suavemente. Me giro, y levanto una ceja.

-Estamos en una celda, nos va a pasar algo chungo, ¿y qué me preguntas tú? Cuál es mi nombre. Deberías de preocuparte por lo que te va a pasar a ti, planear algo para escapar. Si no, vas a morir.

Se queda mirándome como si nunca me hubiese visto.

-Y me llamo Aster.- añado.

Una niña, quizás sirvienta, llega a la puerta.

-La comandante desea hablar con vosotros.- dice. Nos abre la puerta. Estoy a punto de levantarme cuando una fuerza extraña toma control de mi cuerpo. Cuando miro a la niña, sus ojos se han vuelto del color del oro. Trato de moverme, pero no puedo. La niña sonríe, y la misma fuerza me obliga a levantarme. Nos hace andar por pasillos, hasta que llegamos a una puerta de metal. La niña golpea suavemente y una señora la abre. Es la mujer llamada Mourelle.

-Ya los puedes soltar, hija.- le dice a la niña. La fuerza me suelta y respiro muy hondo.

-¿Qué fue eso?- pregunta el chico. Voy a tener que seguir llamándole chico. No, le llamaré el hombre monedita, que le encaja bien.

-Lu aquí es capaz de controlar cosas. Tiene la especialidad en humanos, ¿no es así, Lu?

-Exacto.- dice Lu, sonriendo. Mourelle nos deja pasar, Lu se queda vigilando, cerrando la puerta detrás de nosotros.

-Por favor sentaros.- dice Mourelle, apuntando a un par de sillas detrás de una mesa.

La oficina de Mourelle es… bueno, militar. Hay mapas y fotos, medallas en los muros y el esqueleto de un animal al lado de la mesa. El chico y yo nos sentamos y mientras Mourelle coge unos papeles de una estantería. Lu parece estar lista por si decidimos atacar.

-Tú eres Aster, y tú… Caúl.- dice, leyendo los papeles.

-Tristemente, sí.- digo yo, apoyándome en la mesa. -Explícanos ahora mismo de qué va esto-. Mourelle suelta una carcajada.

-Paciencia, Aster. Os explicaré todo. Pero antes, ¿Sabéis el peligro que corréis?

-¿De qué hablas?- pregunta Caúl.

-Hablo sobre vuestras habilidades. Tú,- me apunta con un dedo, haciéndome sentir rígida -Vienes de una familia pobre, mientras que la de Caúl está… bueno, en mejor situación que la tuya.

-Tenéis unas habilidades… supernaturales. Como las de Lu, solo que diferentes. Muy diferentes.

-¿De qué hablas?- Caúl pregunta desesperado. En respuesta, Mourelle le da los papeles. Me inclino un poco, y veo lo que hay escrito en el papel:

Aster Calicó, 17 años, habilidad, quemadora (controladora de fuego). Vivienda 12 de la calle de la estrella.

Claus André Flock, 19 años, habilidad, “Controlador” (Capaz de controlar a cosas vivas). Vivienda 22 de la calle Rula.

Marta Veladura, 15 años, habilidad, “Nube” (controladora del tiempo). Vivienda 34 de la calle de la estrella.

Nos quedamos boquiabiertos, y Mourelle se ríe.

-¡Sorpresa!- dice en tono jocoso. Lu sonríe desde su puesto al lado de la puerta, pero la sonrisa no toca sus ojos -No os preocupéis. A Marta también le pareció imposible.

No entiendo nada. Pero por la mirada que me dirige Mourelle, creo que estoy a punto de entenderlo…

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