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Pablo Escobar y Belisario Betancur

Una vieja foto rescata del olvido el instante vivido en las bodegas Domecq de Jerez de la Frontera por el ex presidente de Colombia cuando era perseguido por el narcotraficante

Zona libre

Rafael Unquiles
Rafael Unquiles

Ahora, un lustro después de su publicación, ha llegado a mis manos el libro 'Pablo Escobar, mi padre', escrito por su hijo Juan Pablo. El texto venía junto a otras publicaciones que me ha regalado una buena amiga argentina, María Pirén, sobrecargo de Emirates durante muchos años y que hoy se empeña, como tantos otros hispanoparlantes despedidos por la aerolínea de Dubai, en encontrar su nuevo futuro. Y estoy seguro de que lo alcanzará. María es una excelente persona. Por fortuna, hay millones de excelentes personas en el mundo, entre las que, desde luego, no se incluye Pablo Escobar.

No es que tuviera demasiado interés por la biografía del narcotraficante después de todas estas series y películas que nos han inundado en los últimos tiempos que relatan su historia, muy negra. Pese a lo cual comencé a leerlo, entre otras razones porque no abundan demasiado los libros en español en Emiratos Árabes Unidos y aprovecho cualquier oportunidad que se pone a mi alcance para percibir el olor de páginas impresas en castellano. Y debo reconocer que el texto ha terminado por atraparme. Además, ha reafirmado el enorme desconocimiento que tenía de lo que pasaba en mi querida Colombia, hoy muy cercana, en la época en que sucedieron aquellos sangrientos acontecimientos.

Avanzando en las páginas, Juan Pablo Escobar descubre la relación que su padre, o más concretamente el entorno más cercano de su padre, mantuvo con Belisario Betancur, que fue presidente de Colombia entre 1982 y 1986, los años en que el protagonista del libro sentó los cimientos de su gran imperio a base de toneladas de cocaína.

Cuenta Juan Pablo Escobar que la negociación que por entonces se abrió entre los narcotraficantes y el Gobierno de Betancur fue "la única y última vez que Colombia tuvo en sus manos la posibilidad real de desmontar el noventa y cinco por ciento del negocio del narcotráfico”, pero que “la filtración de los contactos echó por tierra esa oportunidad". Era el año 1984.

La negociación planteaba que, a cambio de desmantelar su gigantesco negocio, los narcotraficantes serían condenados tras su entrega “a penas de cárcel razonables”, siempre que la justicia los hallara responsables de delitos y, lo más importante, que en ningún caso iban a ser extraditados a Estados Unidos a partir de la firma del pacto.

Tras la filtración, Betancur no sólo no avanzó en los contactos con los narcotraficantes, que en ese momento habían huido a Panamá, sino que extraditó a varios, lo que fue visto por Escobar como "un acto de traición" ya que, según el autor del libro, aunque el presidente no se había comprometido a eliminar la extradición, punto clave de las conversaciones, su padre consideró que el mandatario “no podía olvidar que ellos -los narcotraficantes- le ayudaron", cita que hace referencia al dinero que, según Juan Pablo Escobar, le entregaron para la campaña presidencial de Belisario Betancur, que finalmente resultó elegido.

La consecuencia fue que Pablo Escobar ordenó atentar con "un carro bomba contra Betancur”. El libro recoge que el presidente "se salvó al menos en cuatro ocasiones” de la muerte. Y no sólo salió indemne de los ataques sino que tuvo una larga vida. Falleció el 7 de diciembre de 2018 en la clínica Santa Fe de Bogotá a la edad de 95 años.

Traigo esta historia a colación porque mientras leo el libro recordé que coincidí con Belisario Betancur cuando aún era un joven periodista. Por aquel entonces, calculo que sería el año 1988, yo trabajaba en Jerez de la Frontera en El Periódico del Guadalete. A la redacción llegó la noticia de que un ex presidente de Colombia se encontraba en las bodegas Domecq. Y hasta allí, junto a un fotógrafo, nos encaminamos el jefe de la Sección de Local, Antonio López, mi compañero Pepe Contreras y yo. Esto lo tengo claro porque existe una foto del momento que andaba perdida entre mis papeles de otras épocas almacenados en mi casa de Huelva y que ahora ha rescatado del olvido mi hija Marta. En blanco y negro aparecemos los tres junto a Betancur y otro señor que realmente no sé quién es.

Cuando recibí la foto me puse a observarla y tomé conciencia de que había sido hecha en los años en que Colombia se hallaba envuelta en una sangrienta espiral de violencia. Betancur había salido de la Presidencia del país apenas dos años antes y sobre él aún pensaba la sentencia de muerte que Pablo Escobar había dictado en su contra. De todo esto yo no sabía entonces absolutamente nada. No era consciente de la relevancia de la personalidad con la que compartía escena e instante. De ello me he percatado ahora. Lo que me ha llevado a preguntarme por los pensamientos que, justo en el momento en que el fotógrafo disparó la cámara, recorrerían la mente del ex presidente.

¿Estaría preocupado por su vida? ¿Sería Pablo Escobar motivo de sus desvelos? ¿Se arrepentía de no haber seguido adelante con la negociación que su Gobierno mantuvo con los narcotraficantes? ¿Sabía que el dinero procedente de la venta de cocaína le había ayudado a llegar a la Presidencia? Se lo tendríamos que haber preguntado. Y aunque no existe certeza sobre si hubiéramos encontrado respuestas, al menos habría quedado claro que en Jerez estábamos al corriente de lo que ocurría por Colombia, un país al que yo al menos veía muy lejano y ajeno a cualquier interés o inquietud.  

Supongo, porque no lo recuerdo, que hablamos de cuestiones insustanciales mientras compartíamos una copa de fino La Ina. Nos hicimos la foto y después cada uno continuó el día metido en sus cavilaciones. Y puede que las de Betancur quedaran amortiguadas, al menos durante unos minutos, por el efecto de un mágico caldo que, tomado a 8.000 kilómetros de Bogotá, ponía mar y tierra de por medio con la dura realidad de un país, Colombia, que en esos días necesitaba el abrazo y la ayuda que el mundo le negaba.

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En la imagen superior, de segundo por la izquierda a derecha, Antonio López, Belisario Betancur, Pepe Contreras y Rafael Unquiles.

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