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Ras Al Khaimah, tierra verdadera

"Uno de los comentarios más habituales que suelo escuchar de boca de aquellos paisanos que visitan Emiratos Árabes Unidos es que en esta tierra todo es artificial, que no hay nada de verdad ni auténtico, ni historia ni cultura ni patrimonio"

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Rafael Unquiles
Rafael Unquiles

Uno de los comentarios más habituales que suelo escuchar de boca de aquellos paisanos que visitan Emiratos Árabes Unidos, o que en algún momento se han planteado la posibilidad de venir, es que en esta tierra todo es artificial, que no hay nada de verdad ni auténtico, ni historia ni cultura ni patrimonio. Se quedan con la imagen del Burj Khalifa, de La Palmera y de otras tantas construcciones que el ser humano ha levantado por aquí en tiempo récord -todo ello, bajo mi punto de vista, espectacular y muy meritorio- y ni siquiera dedican una mirada al cautivador desierto, que a mi, particularmente, me hace sentir que vivo en uno de los lugares más privilegiados del planeta.

A estos paisanos -y paisanas- siempre les contesto lo mismo: que si quieren autenticidad, que vengan a Ras Al Khaimah, donde, junto con unas decenas de hispanoparlantes, resido desde hace siete años, que no es mucho tiempo, pero tampoco escaso. Aquí, a sólo unos kilómetros de la frontera norte con el Sultanato de Omán, del Estrecho de Ormuz -puerta de entrada y salida del Golfo Arábigo- y de la República Islámica de Irán, se respira autenticidad por todos los lados; en sus calles, en sus mercados, en sus gentes, en la montaña, en la playa y, por supuesto, en su espectacular desierto. En numerosas ocasiones llego a pensar que esto no es Emiratos Árabes, aunque estemos a escaso tiempo de grandes urbes y de que, prácticamente a diario, me traslade a Dubai o Abu Dhabi por cuestiones profesionales. 

Hace unos días en Ras Al Khaimah a la jornada inaugural de la V Conferencia Global sobre Emprendimiento, Innovación y Excelencia, que es un encuentro de gran importancia en el que la antropóloga española Inocenta Sánchez y la pintora mexicana Myriam Kruisheer, ambas -como yo- residentes en este ‘inhóspito’ emirato del norte, han transmitido de forma brillante y clara un rotundo mensaje de tolerancia y necesidad de entendimiento a la sociedad donde vivimos. Y mientras paseaba entre los asistentes (en la imagen superior), o cuando disfruté de una comida maravillosamente árabe, me resultaba difícil entender que este lugar fuera parte del escaparate montado fundamentalmente por los vecinos de Dubai. Primaba lo singular. Lo propio.

Ras Al Khaimah es un territorio verdadero, cien por cien musulmán, con cientos de mezquitas entre sus casas, con pocos rascacielos y edificios altos y con mucha montaña y desierto. Un lugar tolerante, abierto a otras culturas pero que, al menos de momento, no quiere olvidar sus raíces. Los descreídos, para comprobarlo, sólo tienen que poner rumbo al increíble norte.

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