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Yo no maté a Kennedy

Una de las cosas más bellas de vivir en lo que denominamos el extranjero es que hasta hace no muchos años era muy fácil abstraerte de la realidad de tu país.

Una de las cosas más bellas de vivir en lo que denominamos el extranjero es que hasta hace no muchos años era muy fácil abstraerte de la realidad de tu país. Aquellos que ya tenemos una edad recordamos lo difícil que era, por ejemplo, encontrar un ejemplar del diario El País en ciudades como Londres. O a principios de los noventa estando en Panamá enterarme de cualquier novedad todavía por costosas llamadas o por cartas distanciadas en el tiempo.

La comunicación ha evolucionado. Ahora nadie duda que podemos estar tan informados o hasta informar desde cualquier parte del mundo. Viajar no es lo que era. Vivir lejos de casa, con las dificultades de integración lógicas, no es tampoco lo que era. Curiosamente esa proximidad informativa nos hace estar más cerca cuanto más lejos estamos. Todo está a un tiro de avión.

Una de las máximas de la actual sociedad es que la información favorece la participación.Y por ende más participación implica más opiniones. Curiosa situación, más opiniones implican más dudas. Y allí, las voces más elevadas siempre se imponen a los silencios más pausados. El río en pendiente erosiona siempre más que los meandros del tramo medio. Suena más su agua. Baja con más fuerza. Todo es más discutible nada es sencillo de explicar. Y cómo no, nadie se libra de la culpa de los otros.

Según escucho ahora ya sabemos, por ejemplo, que la siempre llamada emigración es sólo culpa del Gobierno. Que los impuestos en España suben no por la incapacidad de Montoro sino por culpa de los que no los pagan. A los menores de 25 años les damos beneficios por ser contratados mientras a los de más de 45 les casi decimos que se olviden de oportunidades. Algunos catalanes no quieren independizarse porque lo sientan sino porque el resto de españoles dicen les maltratan. El Rey no abdicó por voluntad propia sino para esconderse de sus amantes. Y al final, como titulábamos, hasta sabremos quién mato a Kennedy.

Quizás me haré mayor pero en estos años, que no son pocos, siempre he pensado que culpabilizar al resto de nuestros males es una nefasta política. Y esa nefasta política de chillidos, acusaciones, elevar la voz y decirla más grande cada día se adueña más del país. Ahora, además, como la información fluye sin prisa pero sin pausa, la expanden por cualquier lugar, Emiratos incluidos. Muchos ya sabemos que no existe el paraíso, pero quizás debería existir más la capacidad de escuchar y razonar con argumentación.

La crítica, hasta de la razón pura que diría Kant, es siempre valida, necesaria e imprescindible para el progreso de una sociedad. Confundirla con quien la dice más grande o prostituirla con la demagogia es fruto más del escaso conocimiento y la manipulación. Claro que hay problemas, que seguramente tenemos un Gobierno poco eficiente, o hasta en algunos temas muy ineficiente, pero de eso a culpabilizar al resto de nuestros males hay un abismo. Yo me puedo responsabilizar de muchos errores en mi vida, pero lo que seguro tengo claro es que "yo no maté a Kennedy".

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