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El curioso caso de intento de robo

"El museo estaba tan silencioso que cuando el cristal de la ventana se rompió habría puesto los pelos de punta hasta a la persona más valiente en el mundo"

12:36 El museo, ventana cerca de entrada este.

El museo estaba tan silencioso que cuando el cristal de la ventana se rompió habría puesto los pelos de punta hasta a la persona más valiente en el mundo.

-¡Diablos!- sí, ese soy yo. Me quité fragmentos de cristal roto de los hombros antes de subir por la escalera que habíamos colocado debajo de la ventana. Pasé una pierna por encima del cristal tratando de no arruinar mi flamante traje negro.

-¡Jenkins!- susurré.

-¿Sí, jefe?- Jenkins prácticamente grita desde su puesto.

-¡Habla bajo! ¿Qué quieres, despertar y alertar a toda la gente?

-No, jefe. Eso sería irrespetuoso- contestó Jenkins. Puse los ojos en blanco antes de decirle que me pasase la gran bolsa de tela. Verdaderamente empecé a dudar del éxito de esta operación, por lo tonto que era Jenkins, pero ya no tenía vuelta atrás…

-¡Venga, súbete! – le ordené para acabar de una vez con todo aquello.

Jenkins subió por la escalera y entró trabajosa y torpemente en la sala, cayéndose en el proceso.

-¡Mira que eres torpe!- le dije en voz baja pero lleno de rabia. Jenkins se levantó rápidamente, de su mochila saliendo varios ruidos raros. Me dí la vuelta para esconder mi expresión de desesperación y ganas de matarlo en el acto. Jenkins es el peor compañero de crimen que haya tenido nunca, ¡y mira que he dado golpes con cantidad de colegas!

-Venga, hombre. Tenemos que darnos prisa- le advertí en voz baja. El torpe de Jenkins se tropezó sobre sí mismo, cayéndose al suelo con tanto ruido que empezaba a preguntarme si no nos estarían esperando ya los servicios de seguridad del museo al otro lado de la sala.

12:47 sala de joyas antiguas, el museo.

Andamos por el museo como gatos silenciosos. Bueno, Jenkins no. Con cada paso su mochila hacía un ruido insoportable. Ya empezaba a considerar seriamente la retirada a tiempo, pues una retirada a tiempo es una victoria en ciertos casos perdidos…

-¿Er…jefe?- balbuceó el desgraciado con voz de pánico.

-¿Sí, Jenkins? ¿Te acaba de asustar otro ratoncito?- le contesté con pura impaciencia.

-¿Qué es esa… cosa?- preguntó Jenkins, apuntando hacia un bulto al lado de una puerta. Me dirigí hacia donde apuntaba y efectivamente allí se veía algo tirado en el suelo, de cierto volumen.

-Quizás una bolsa que algún otro bandido haya dejado…- dije yo, con sorna, aunque ya lo dudaba. Detrás de mí, Jenkins emitió un alarido de pánico. Me acerqué corriendo…. no podía ser…

-¡¡¡MADRE MÍA!!!- gritó Jenkins retrocediendo. Le tapé la boca con una mano, sintiendo un escalofrío, porque el bulto era una persona muerta.

12:49 sala de joyas, el museo (¡Que debe estar maldito!).

Lo que hizo Jenkins me pareció una broma. Y también una condena. Quizá merecida, porque soy completamente idiota por haber pensado siquiera que podía confiar en semejante tarado. Porque sólo un tarado que intenta robar un museo llamaría al 911. Jenkins sacó el teléfono de su bolsillo, y antes de que le pudiese parar, llamó al número de la policía.

Los dos nos peleamos por el teléfono en la mano de Jenkins. Forcejeamos violentamente y los dos nos quedamos petrificados cuando una voz habló al teléfono:

-Esta es la policía. ¿Cómo le puedo ayudar?- dijo la voz de un hombre. Y en ese momento juraría que podría haber matado a Jenkins:

-Señor ¡hay un hombre muerto en el museo!- gritó al teléfono el peor ladrón de la historia, el que se entregó sin siquiera haber cometido el latrocinio, y lo que es peor ¡el que me estaba entregando a mí!

-Señor, por favor cálmese…- dijo la voz del policía. Jenkins se río como un loco.

-¡Que me calme?!Si es que estoy en frente de un hombre muerto!- dijo.

-Por favor déme su localización- dijo el policía. En ese momento, saqué el teléfono de la mano de Jenkins, e ignorando sus protestas, hablé a gritos con el policía.

-¡Esto fue una broma telefónica! ¡Adiós!- y presioné el botón rojo para acabar la llamada. Tiré el teléfono al suelo, lo pateé bien pateado, y cogí a Jenkins por la oreja.

-¿Es que eres estúpido? !Ahora saben dónde estamos!- le grité sin esperanzas de que entendiese nada.

-¡Mucho mejor! Ahora podrán ayudar al hombre- dijo Jenkins, confirmándome lo que ya sabía, que no sólo era el peor ladrón de la historia sino el más memo.

12:56 la comisaria de la policía.

-¿Qué hace gente en el museo a estas horas?- Se pregunta el oficial que acaba de recibir una llamada extrañísima. Coge las llaves de su coche patrulla y, con su compañero de turno nocturno, se dirigen hacia el Museo de la Ciudad, no muy lejos de la comisaría. Activa la sirena del coche y se salta los semáforos. Al fin y al cabo hay un muerto. Pocas veces pasa algo tan extraordinario en Metrópolis, la ciudad sin crimen.

12:57 el museo.

Corríamos lo más rápido posible hacia la ventana rota por donde entramos, el móvil de Jenkins roto en el suelo. Un pensamiento en mi mente dice que deberíamos recogerlo, pero ya se escuchaba una sirena de la policía. No estaba mal, para una ciudad donde raramente uno veía a un policía… verdaderamente en Metrópolis uno puede estar tranquilo, ya que es muy segura, excepto por tipos como yo y este sujeto completamente falto de inteligencia que me acompañaba.

Se nos acababa el tiempo. Llegamos a la ventana justo a tiempo, y yo salté sin importarme el daño que sufrieron mis piernas. Jenkins tuvo menos suerte, su mochila enganchándose al cristal. Las tiras se rompieron y el no-ladrón cayó al suelo como una roca.

-¡Levántate y corre!- Le grito mientras corro en la dirección opuesta.

A la mañana siguiente…

'El Correo de Metrópolis', edición matutina.

INTENTO DE ATRACO NOCTURNO EN EL MUSEO

Las autoridades policiales informan a esta redacción de que dos hombres fueron encontrados en el museo a las 12 de la madrugada después de haber llamado a la policía diciendo que encontraron un cuerpo dentro.

Lo que pudo haber sido un suceso dramático y lleno de misterio, acabó en muchas risas y un par de detenidos, acusados de intento de robo en el museo de la ciudad en la medianoche pasada, ya que el cuerpo en realidad era una de las escultura de tamaño real y hecha de cera que se había caído de su sitio durante la noche, y al que los supuestos ladrones tomaron por un cadáver.

Se supone que el sentido humanitario de los delincuentes pudo más que su interés por atracar el museo y decidieron, en un acto cívico que los honra, alertar a las autoridades, a la vez que intentaron huir de la escena del “crimen”.

También se encontró el teléfono con el que la llamada fue ejecutada, junto a algunas pertenencias de los únicos presuntos ladrones que Metrópolis ha visto en los últimos 10 años.

Los detenidos han pasado a disposición judicial, acusados de intento frustrado de robo, con atenuante.

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