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Jaulas

"Ella había matado a nuestra madre, había tomado el trono cuando se suponía que era mío, y luego procedió a matar a nuestro padre y a todos los que trataban de resistirse"

Media hora antes

Las puertas se abrieron. Me empujaron adentro. Jaulas, colgando del techo, contenían personas. El lugar era espeluznante. Mis captores me obligaron a caminar.

-Puedo caminar, gracias- les escupí. Su respuesta fue una bofetada en la cara. Me llevaron a una de las jaulas cuando otro guardia la bajó moviendo las cuerdas metálicas que lo sostenían en el aire. Mi hermana, en quien había pensado que podía confiar, estaba al lado de la jaula, su expresión tan tranquila como siempre. A medida que mis captores me acercaban, podía sentir su triunfo. Ella había matado a nuestra madre, había tomado el trono cuando se suponía que era mío, y luego procedió a matar a nuestro padre y a todos los que trataban de resistirse. Me miró, con la cabeza levantada, como la reina que se suponía que no era.

-¿Por qué estás haciendo esto?- Le grité. -¿Por qué verter más sangre, Diana?- Diana levantó una ceja.

-Es una necesidad, hermana -dijo lentamente. Se volvió hacia uno de mis captores y apuntó a la jaula: -¡Meterla dentro!

Intenté resistirme, pero era casi imposible. Los guardias me metieron dentro a empujones y cerraron la puerta detrás de mí. Mientras las cadenas que sujetaban la jaula al techo se movían, agarré las barras, mirando directamente a los ojos de mi hermana.

-¡No puedes obligar a este reino a seguirte! Le grité. Ella sonrió.

-Sí que puedo. Morirás en el estadio junto a todos los que no me acepten como su nueva reina.

-Diana…- le dije -Sé que aún estas ahí dentro, que sigues siendo tú, mi hermana pequeña. No tienes por qué hacer esto, Diana.

Pero se dio la vuelta y se fue y los guardias que me trajeron a la jaula, detrás de ella. Me quedé de pie en la jaula.

-Diana…- susurré, una lágrima bajando por mi mejilla. Ella ya se había marchado. Lo único que me quedaba por hacer era esperar mi muerte.

Pasó ya media hora. Lo sé porque llevo mi reloj de pulsera. Mi jaula se balancea suavemente en el aire que entra por las ventanas abiertas. Nadie dice nada. Es un mundo lleno de silencio. Me siento en el suelo con mis brazos alrededor de las piernas. Las barras de la jaula no parecen muy duras, pero no pretendo romperlas. Estoy muy arriba y caerse de la jaula quiere decir muerte instantánea. Mi hermana fue lista al ponerme en la jaula más alta de todas. Nunca le debería haber contado sobre mi terror a las alturas. Miro a mi alrededor. Nadie conversa. Todos están callados, sentados o tumbados en el suelo de cada jaula. Es desolador y no sé qué hacer.

Las puertas se abren, y entra un grupo de guardias. Algunos de los prisioneros levantan la cabeza, pero la mayoría no es capaz de ni moverse.

-Me da pena verlos así- oigo comentar a uno de los guardias. Es joven y debe llevar poco tiempo a cargo de los prisioneros ya que aún parece tener sentimientos, no como mi hermana, a quien no le importan las vidas del resto de la gente. Ella solo desea poder.

-No te debería de dar- le contesta el otro guardia, más alto y robusto. -No respetan a nuestra reina.

-Igualmente…- empieza a decir el joven, pero otra soldado le interrumpe.

-Te entiendo. Acabas de llegar, pero debes de saber que esta es la forma de la reina- le dice poniendo una mano sobre el hombro del joven. Este suspira tristemente, bajando la mirada. Mi jaula empieza a moverse, y me levanto. Levanto la cabeza y me enderezo. La jaula toca el suelo y uno de los guardias abre la puerta. Ahora que le veo, le reconozco y me doy cuenta de que había sido de los leales a mi madre. Diana debió de amenazarle con la muerte. Me saca de la jaula y me ata las manos con una cuerda gruesa.

A mi alrededor, otras jaulas bajan también, y los prisioneros son sacados bruscamente, aunque les cuesta porque es difícil sacar a los prisioneros que están casi medio muertos. El joven guardia trata de ayudar a una chica a salir de su jaula, pero la chica casi no puede ni andar. Me sacan por las puerta, y siento dificultad al respirar. Mi muerte se acerca. Me están llevando al estadio. Entramos por unas puertas hechas de madera gruesa. Pasé por estas puertas una vez, pero eso fue cuando tenía ocho años- hace casi nueve años. No entiendo cómo es que antes el lugar no me metía tanto miedo. El olor de la sangre y de humo lo inunda todo. Los guardias me llevan a un lugar oscuro. Huele aún más fuertemente aquí. Nos detenemos.

-Ahora continúa tú sola- me susurra en el oído uno de ellos. -La reina no querría que dijese esto… pero buena suerte, princesa.

Gracias. Hora de entregarme a la muerte con los brazos abiertos- pienso. Camino y oigo las puertas, que se cierran detrás de mí. No hay escapatoria. Sigo adelante, atravesando un corredor. El ruido se hace más alto. Salgo por fin al estadio. Piso la arena y levanto la cabeza para ver cuánta gente ha venido. Imposible de cuantificar. Está lleno.

Se abren las otras puertas, y el resto de los prisioneros son arrastrados fuera. Mi corazón se desboca. ¿Van a matarnos a todos? Mi atención es atraída por una figura en lo alto del estadio: Diana. Voy con determinación hacia el centro del estadio, sin quitarle los ojos de encima.

-¿De verdad vas a matarnos?- le grito lo más alto posible. El silencio cae sobre todos como una manta.

-No se mostraron leales. Lo mismo que tú, hermanita- responde.

-Hagamos un trato- le grito. Todo el mundo está espectante. Hasta los prisioneros me miran. Siento sus ojos en todo mi cuerpo:

-Si me matas, les dejas vivir -propongo.

Diana se toca la barbilla pensativamente mientras pasea la mirada por los otros prisioneros. Después de un largo tiempo, sus ojos aterrizan en mí.

-Muy bien. Si eso es lo que quieres… lo tendrás. ¡Trato hecho!

Con un movimiento de su mano, varios guardias entran al estadio, llevándose a los prisioneros. Me dejan a mí sola. Diana parece estar calmada, pero en sus ojos veo algo extraño, como un atisbo de… ¿tristeza?

-Pasarás tres pruebas. Y esta es la primera-

Un rugido ensordecedor suena ahora en el aire.

Diana sonríe.

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