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Vuelvo a casa II

"El mundo es mucho más diferente de lo que creíamos que iba a ser y un montón de cosas cambiaron desde que era niña"

No estoy acostumbrada a ver tanto polvo. ¡Está en todas partes de esta casa! De esto debe hacerse una película: yo, contra todo el polvo en esta casa, que está en todos los lugares posibles imaginables. ¿Ahora ves lo que quiero decir? Y sin mencionar que la aspiradora está rota, así que tengo que usar una escoba. ¡Qué suerte que tengo! Las horas pasan, y solo he sido capaz de limpiar la cocina y la entrada. La parte que estoy realmente temiendo es la sala de estar, el lugar más sucio. Creo que ahora entiendo por qué a mama le importaba mantener la casa tan limpia.

¿Hay algún tipo de fobia relacionada con el polvo...? Pienso, mientras froto el lavabo del baño, un par de guantes amarillos brillantes cubriendo mis manos. Se oye un fuerte golpe en la puerta y levanto la cabeza, frunciendo el ceño. ¿Quién será? Me saco los guantes, dejándolos en el lavabo, abro la puerta y… mi me quedo de piedra.

Las cejas de Adriano se levantan, una sonrisa asomando ya en sus labios.

-¿Qué estás haciendo aquí? -Pregunto, feliz. Se ríe.

-No sólo soy yo- dice, señalando detrás de él. Me asomo por la puerta y veo a Irene caminando por el camino empedrado, llevando suministros de limpieza en sus manos. Detrás de ella, mamá y papá están sacando una aspiradora del auto. Me río, las lágrimas brotan de mis ojos y corren por mis mejillas.

Supongo que lo que dicen de "la familia siempre es lo primero" es cierto para la mía. Dejo entrar a Adriano, abrazándolo y riendo. Irene se une, dejando los suministros de limpieza junto a la puerta y abrazándonos a los dos.

-¡Dios, te extrañé!- Olfateo su pelo, limpiándome la nariz. Irene sonríe.

-Apuesto a que sí- dice, recogiendo los suministros y entrando en la entrada ahora limpia—y dejando huellas sucias de los pies detrás de ella.

-¡Sácate los zapatos!- grito, sorprendiéndome a mí misma y a los demás. Me enrojezco -Uh, pasé horas limpiando esto, así que... Sí.-

-Oh, vale- Irene dice descalzándose y colocándolos los zapatos al lado de la puerta con dificultad y tratando de equilibrar su carga al mismo tiempo. Adriano entra, quitándose propios zapatos y entrando en el salón. Suelta un silbido agudo.

-Pues sí que está sucia,- dice, cruzándose de brazos y sacudiendo la cabeza.

-¡Elisa!- giro la cabeza y me encuentro siendo abrazada por mi madre.

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-Me estás aplastando- digo con una risa.

Con la ayuda de una aspiradora, somos capaces de limpiar el salón mucho más rápidamente de lo que me llevó limpiar la cocina. A mamá casi se le salen las lágrimas cuando ve su alfombra iraní, toda sucia. No la puedo culpar por eso. Me sentí así cuando encontré la casa en su estado original. Pasamos toda la mañana limpiando, intercambiando historias y conversaciones. El mundo es mucho más diferente de lo que creíamos que iba a ser y un montón de cosas cambiaron desde que era niña. Así de rara es la vida. Nunca sabes dónde te va a llevar hasta que llegas.

-¡Ah! ¿recuerdas aquel día en el que puse mis pies en el cristal de la mesa de café y se rompió?- le pregunta Adriano a mamá, enseñándole una pieza negra de cristal roto.

-Lo recuerdo como si fuese ayer- dice Irene con una carcajada.

-No os reíais tanto cuando mamá te soltó una bronca- digo desde la cocina. Todos se empiezan a reír, incluida mamá.

Sí que recuerdo esa memoria. Estábamos viendo la televisión cuando Adriano posó sus pies en la mesa de café, causando que el vidrio se reompiese.

Y muchas horas después, el salón había vuelto a ser lo que era antes. El suelo esta libre de polvo (¡por fin!), los sofás están (más o menos) limpios y papá fue capaz de arreglar los estantes, colocando todo lo que se había caído.

Esta es la casa que recuerdo.

-Tomamos el almuerzo y después podemos ir a limpiar las habitaciones de arriba- dice mamá, yendo a la cocina. Vuelve a salir, sacudiendo la cabeza -Me acabo de acordar de que no trajimos comida. ¿Qué os parece si bajamos al pueblo?

Todos decimos que sí, sonrientes. No hay nada mejor que tomar el almuerzo en el pueblo en el que estuve tantas veces hace tantos años. Soy la última en salir por la puerta. Antes de cerrarla, le echo una ojeada a todo nuestro trabajo y a lo bonita que luce mi casa de infancia. Cierro la puerta, sintiéndome como si tuviese once años.

Fin

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