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Regreso a Dubai tras 107 días

"Salí el 6 de marzo salió de Emiratos Árabes y no he logrado retornar hasta el 22 de junio: aquí va mi historia en tiempos de coronavirus"

Boeing 777 de Emirates de Madrid a Dubai con sus asientos totalmente vacíos. El 21 de junio ocuparon el vuelo solo ocho pasajeros. (EL CORREO)

Zona libre

Rafael Unquiles
Rafael Unquiles

He regresado a Emiratos Árabes Unidos (EAU) después de 107 días. Aterricé en la madrugada de este lunes a bordo de un Boeing 777 de Emirates Airline que cubrió la ruta Madrid-Dubai. En sus 360 asientos íbamos, junto a la tripulación, sólo ocho pasajeros: cinco españoles, un sirio, una boliviana y un australiano. Dos en ‘business’ y seis en turista. Éramos tan pocos que yo no tenía nadie a la vista. Menos mal que las azafatas pasaban con frecuencia. De lo contrario hubiera pensado que surcaba el cielo en un avión fantasma. Y lo de ayer no es una excepción. Las aeronaves llegan prácticamente vacías a Emiratos procedentes de España, con una media diaria de cinco a diez pasajeros. Viajar a Dubai, que estaba tan de moda, ha pasado a convertirse por obra y gracia del coronavirus en una rareza, algo inusual, cuasi una extravagancia. ¿Hasta cuándo?

En los 360 asientos del Boeing 777 de Emirates Airline Madrid-Dubai sólo había ocho pasajeros: cinco españoles, un sirio, una boliviana y un australiano

Avión de Emirates en el aeropuerto de Madrid junto a una aeronave de Iberia. (EL CORREO)

Salí de Dubai el 6 de marzo. Y he vuelto el 22 de junio. Entre esas dos jornadas se abrió un paréntesis que ha tenido -y aún tiene- paralizado al planeta. Cuarentenas -yo he hecho tres y hoy comienzo la cuarta-, confinamientos, toques de queda, mascarillas, guantes, el denominado distanciamiento social y, sobre todo, numerosas muertes y mucho dolor. El mundo ha quedado marcado. Está marcado. Y la consecuencia es una oleada de medidas y restricciones a cada paso. Ahora, mediado 2020, somos menos libres. Los controles se multiplican. El movimiento prácticamente sin límites del que hace unos meses disfrutábamos hoy se presenta como una situación inalcanzable. Volverá, no tengo duda. Pero quizás tarde.

Mi periplo de 107 días comenzó en la Terminal 1 del Aeropuerto Internacional de Dubai. Allí subí a un avión de KLM rumbo a Madrid con escala en Ámsterdam. Veinticuatro horas después embarqué en un vuelo de la misma compañía que me llevó hasta Bogotá, la capital de Colombia, después de hacer escalas en Ámsterdam -de nuevo-y, como consecuencia de una huelga de controladores, también en Ciudad de Panamá. Desde Bogotá viajé a Cali con Avianca. Allí, en la sucursal del cielo, un verdadero paraíso, me sorprendió la explosión de la pandemia. Casi dos meses tuve que permanecer en pleno Valle del Cauca y al pie de los Farallones hasta que el 2 de mayo -emblemática fecha- pude, tras cubrir en 10 horas de autobús el trayecto entre Cali y la capital colombiana, regresar a España en un vuelo de repatriación de Iberia. Ya en Madrid puse rumbo a Huelva en un tren Alvia en el que viajé prácticamente solo. En tierras onubenses he estado desde entonces junto a parte de mi familia hasta que el 20 de junio, unas horas antes de que en España finalizara el estado de alarma, regresé en coche a Madrid -614 kilómetros- para el 21 de junio subir a un avión de Emirates Airline que me ha traído de nuevo a esta cálida orilla del Golfo Arábigo.

En Madrid la Terminal 4 del Aeropuerto de Barajas estaba prácticamente desierta pese a que es verano y que ya se ha iniciado la nueva normalidad en España

Cinco de los ocho pasajeros que viajaron de Madrid a Dubai en el avión de Emirates el 21 de junio en el proceso de facturación. (EL CORREO)

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En Madrid me encontré en la mañana del pasado domingo con la Terminal 4 del Aeropuerto de Barajas prácticamente desierta pese a que es verano y que ya se ha iniciado la nueva normalidad en España. Mostradores vacíospuertas de entrada cerradas, numerosos controles y algunas personas recorriendo los amplios pasillos, todas con la obligada mascarilla sobre su rostro. Escaso movimiento y muy pocos pasajeros. En la pantalla de salidas aparecían una docena de vuelos, la mayoría a islas españolas; otros a puntos de Europa; y tres de larga distancia: uno a Buenos Aires, otro a Sao Paolo y el de Dubai. Punto y final.

La facturación la hice con seis de mis compañeros de vuelo. Ante el mostrador, lo primero, exhibir el número de autorización de retorno de la Federal Authority for Identity and Citizenship. Después me dieron un impreso para que lo rellenara con preguntas sobre mis padecimientos, otras de mi relación con Covid 19 y otro apartado dedicado a datos personales. Era para entregarlo a mi llegada a EAU. El embarque fue cosa de cinco minutos. Cuando llamaron decidí ir un momento al baño -cuestión de un par de minutos-. Al salír de los servicios un señor de Emirates me estaba esperando para decirme que me diera prisa porque era el único pasajero que quedaba por subir. Y el despegue, lo mismo, visto y no visto. Nada más ocupar el asiento -había para elegir- nos entregaron otro impreso similar al anterior y un completo kit higiénico de viaje que contenía mascarillas tipo quirúrgico, guantes, gel antibacterias y toallitas, dos unidades de cada. Y antes de darnos cuenta teníamos la comida en la mesa. Un lujo. Eso sí, nos dejaron claro que, aunque no teníamos a nadie a 50 metros a la redonda, había que llevar puesta obligatoriamente la mascarilla durante todo el vuelo. De modo que, como para ingerir alimentos no hay más remedio que prescindir de este nuevo y perenne complemento, dediqué a la cena y al desayuno más tiempo de lo que en mí es habitual. Todo sea por un poco de aire como Dios manda.

Lo primero, exhibir el número de autorización de retorno de la Federal Authority for Identity and Citizenship

Aprobación de la Federal Authority for Identity and Citizenship para el regreso a Emiratos Árabes de un residente.

Quería volver a Emiratos Árabes. ¿Cómo lo he logrado? No ha sido fácil. El coronavirus, al igual que a otras cientos de miles de personas -por no decir millones-, me lo ha puesto muy complicado. De hecho, y a pesar de contar con buenos apoyos, no lograba que me autorizaran el retorno. Hubo un momento que casi lo consideré una misión imposible. Sin embargo, un emiratí al que estaré eternamente agradecido, y a quien expliqué que mi mujer llevaba sola en Ras Al Khaimah casi cuatro meses, tomó nota de todo, me hizo varias preguntas, me pidió algunos documentos -entre ellos, esencial, el registro de la correspondiente solicitud de retorno que los residentes debemos presentar en ICA Smart Services System- y me dijo ‘inshallah’. Al día siguiente la petición me llegó rechazada. Pero fue cuestión de horas que el problema se solventara. Finalmente recibí en mi correo electrónico la correspondiente autorización. Era el domingo 14 de junio. Nada más tenerla en mi poder compré un billete para el vuelo de Emirates Madrid-Dubai con salida a las 17.25 horas del 21 de junio y con llegada a las 2.50 horas del 22. Y por fin subí al avión.

A la llegada a Dubai todo fueron facilidades, hasta una limusina gratis para llevarte a donde quisieras, incluido Ras Al Khaimah

El vuelo transcurrió plácidamente. Gran parte de las seis horas y media que duró las dediqué a algo muy malo: hacer suposiciones sobre lo que me iba a encontrar una vez recalara en Dubai. Me veía dos semanas confinado en un hotel sin saber qué hacer con la maleta cargada de comida que portaba entre mis pertenencias. Me equivoqué en todo. Porque no encontré obstáculo alguno. Al contrario, todo fueron facilidades. Bajamos del avión en cuestión de segundos. Tras recorrer un largo tramo de pasillos por una solitaria terminal llegué a una mesa donde me dieron un test de Covid 19. Posteriormente pasé a la velocidad de la luz el control de inmigración. A continuación, en uno de los pequeños espacios habilitados, me hicieron el test. Unos metros más adelante entregué los impresos debidamente cumplimentados. Y acto seguido alcancé la cinta de recogida del equipaje, donde ya se encontraban aguardándome mis maletas. Antes de cruzar la puerta definitiva de la salida un policía me preguntó dónde se hallaba mi casa. Le dije que en Ras Al Khaimah y me contestó que siguiera adelante. Nunca antes había entrado tan rápido en Dubai. Y, para remate, en la puerta de la terminal aguardaba una legión de taxis negros tipo limusina para llevarnos a donde quisiéramos totalmente gratis. Incluido Ras Al Khaimah. El final no pudo ser más feliz.

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